Nuestro Arzobispo Emérito

Nuestro Arzobispo Emérito

Mayo 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Darío de Jesús Monsalve Mejía

“Conviene mucho que el favorecido tenga agradecimiento y dé las gracias, aunque el bienhechor no tenga necesidad de ello”, decía San Teófilo de Antioquía, en el Siglo II. Hoy, en la Arquidiócesis de Cali aplicamos este sentido de gratitud con el arzobispo Juan Francisco Sarasti Jaramillo. Quince años de su episcopado, de los 33 recién celebrados, primero como obispo auxiliar y luego como arzobispo metropolitano, nos dejan la huella de su identidad y talante apostólico. Durante los casi diez meses que le he estado cercano alcanzo a percibir la grandeza de alma, la sencillez de corazón, la agudeza intelectual, la envidiable fortaleza y la asiduidad ministerial que lo caracterizan. Su presencia generosa, alegría y buen humor, la precisión de su palabra, enmarcada en los silencios del sabio y en las sufridas dificultades del habla son desconcertantes. Sólo un espíritu superior, místicamente fortalecido por la gracia divina, transforma las limitaciones impuestas por la enfermedad en capacidades para trabajar intelectualmente y acompañar con paciencia de pastor, confesor y consejero a sacerdotes, religiosos y feligresía. Pareciera tener el don de la ubicuidad. Por ello, me atrevo a pensar que su testimonio de vida como creyente, pastor y amigo es lo que más despierta nuestra gratitud imperecedera con monseñor Juan Francisco. Bien puede él concluir esta etapa con las palabras de Pablo a Timoteo: “Ha llegado el momento de soltar las velas. He combatido la buena batalla. He terminado mi carrera. He conservado la fe. Ahora me aguarda la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará, no solamente a mí, sino a todos los que aguardan con amor su manifestación” (2Tm4,7-8). Como el octavo prelado de nuestra centenaria Arquidiócesis, el arzobispo Sarasti entra a hacer parte del personal patrimonio espiritual que tendremos al acogerlo como arzobispo emérito de Cali. El Código de Derecho Canónico de 1983 creó este título para los obispos que dejan su oficio por límite de edad o renuncia aceptada y confiere la autoridad competente en los dos casos. Lejos de ‘ir a reposo’, el Obispo emérito asume con las iglesias particulares en las que estuvo, especialmente con la inmediatamente anterior, vínculos intensos en lo espiritual y afectivo.Los griegos dijeron que “todo lo bello es difícil” y que a la conquista de la gloria se llega por caminos de aspereza. En términos cristianos, por la cruz se llega a la luz. Nuestro Arzobispo Emérito nos deja el signo de la madurez cristiana y sacerdotal, que integra el sufrimiento del ministerio pastoral sin agresividades ni resentimientos. “Lo que sufre un obispo no lo sabe sino él mismo”, decía San Ambrosio. Porque, además de las cargas del ministerio, “hay cuestiones humanas que no se trata tanto de resolver cuanto de sobrellevar con garbo y coraje, porque no son otra cosa que la expresión de nuestra existencia humana situada en lo provisional y en la contradicción” (Romano Guardini). Monseñor Juan Francisco: siga siendo ese faro de madurez evangélica para la Iglesia y la sociedad de Cali. Su oración de intercesión, su ministerio de confesor, su experiencia de pastor, su fortaleza de servidor acrisolado en el dolor y en duras pruebas sean una bendición para sus hermanos obispos y esta comunidad de fieles y amigos.

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