La tormenta perfecta

Julio 16, 2017 - 11:35 p.m. Por: Carlos Porges

Una tormenta perfecta se da cuando ciertas condiciones meteorológicas confluyen en el espacio y tiempo: el mar debe estar a cierta temperatura, una masa aérea húmeda y caliente debe chocar con otra fría y seca sobre un litoral poco profundo justo cuando hay luna llena y marea alta. Es un evento inusual porque muchas veces las condiciones están dadas y no pasa nada, porque falta un ingrediente adicional, aleatorio y desconocido.

Aunque meteorológico, el concepto sirve para describir otros procesos, como por ejemplo el devenir colombiano actual. Casi todos los ingredientes para un tormenta sociopolítica se están presentando a la vez.

El primer ingrediente es una clase política corrupta e ineficaz que entorpece la transformación requerida hacia un país mas equitativo. El problema es estructural, desde el concejalito que bloquea el desalojo del jarillón (un peligro mortal para Cali) hasta el vicefiscal anticorrupción corrupto.

Segundo, la economía ahorcada por la incertidumbre no va a dar para cumplir las irreales promesas santistas. Una promesa hay que cumplirla. El problema es que los compromisos son asimétricos: Las Farc cumplen simplemente con dejar de hacer -de asesinar, secuestrar, traficar, etc. El Estado, en contraste, cumple haciendo cosas que nunca ha hecho bien- como construir campamentos eficazmente y hacer presencia integral en territorios donde nunca ha estado. Las Farc alardean de cumplir, pero les quedó fácil. Su tarea es sentarse, no hacer nada y criticar.

Tercero, la impunidad: asesinos, secuestradores, extorsionistas y narcotraficantes no pagarán castigo real, porque lo que hicieron fue para avanzar sus ideales políticos (un contorsionismo ético digno de Houdini). Lo peor es que esos ideales representan la filosofía política mas asesina y mendaz jamás vista en la historia. Los gulags y purgas de Stalin, los millones de muertos en el gran salto de Mao, los campos de la muerte de Pol Pot, la represión en Cuba, y la pobreza en Venezuela son apenas una muestra de lo que representan.

Cuarto, las falsas equivalencias. No todas las ideas son buenas o validas, y el reconocer esta verdad evidencia sentido común, no intolerancia. El comunismo es el equivalente moral actual del nazismo y no es, en ningún caso, equiparable con una democracia representativa. Sociópatas no son gente buena. A un soldado o policía se le asesina; a un guerrillero se le da de baja. No son iguales.

El elemento adicional, aleatorio y desconocido que falta es que las Farc, desde la plataforma de falsa legitimidad que le regalaron, postule un culebrero populista que le susurre melifluas mentiras a un electorado hastiado de los politiqueros.

Y los colombianos de bien no vemos por quién votar que no sea de extrema izquierda o derecha. La respuesta está -siempre está- en el centro. Pero no hay lideres, no hay héroes. Lo que hay es un Estado pusilánime, con políticos en la bancarrota moral. Y justo en este momento entran al escenario unos personajes nefastos, con ideas malas y prontuarios peores, envalentonados por la nueva moral de la falsa equivalencia, y con mucho dinero para lavar su imagen publica. Los ‘expertos’ dicen que no hay chance que el pueblo colombiano elija al partido las Farc.

La historia reciente demuestra que los votantes, en el zeitgeist actual, pueden escoger mal: Trump y Brexit son ejemplos. Aquí puede pasar también.

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