Experimento mental

Experimento mental

Mayo 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Porges

En cualquier situación adversa, sea un partido de fútbol, un pleito legal o una negociación con el enemigo, es prudente hacer el experimento mental de ponerse en los zapatos de la contraparte: “Si yo fuera él, ¿qué es importante para mí? ¿Qué haría ahora?”. Hacer este experimento es doblemente prudente cuando se duda de la buena fe de la contraparte. La conducta de las Farc sugiere una organización desconectada del mundo moderno, traumatizada hasta la paranoia por décadas de guerra, insensibilizada a la crueldad, otrora convencida de sus ideales pero ahora echada a perder por los melifluos encantos de los narcodólares. Hago el ejercicio del experimento mental y visualizo: Soy comandante de las Farc. Ascendí más por trauma que por mérito ya que mis superiores encontraron su fin en un combate, traición, cárcel gringa o enfermedad. La situación militar es mala: No nos han derrotado pero jamás venceremos. Yo a viejo no llegaré. Estas realidades, examinadas a la luz de la máxima que la lucha es por todos los medios, me lleva a la conclusión que hay que negociar. Yo no confío en el gobierno por mil razones, por ejemplo, mis camaradas de la UP, dados de baja. Curtido en la guerra, entiendo que una fuerza militar no está compuesta sólo por personal armado: ellos son el vértice superior de un triángulo cuyas amplísimas bases son canales logísticos, estructuras de financiación, reclutamiento, entrenamiento, disciplina, formación ideológica y propaganda. No es fácil de crear o mantener. Por ende puedo hacer hasta una entreguita simbólica de armas, pero no comprometer la base estructural de mi organización. ¿Qué hacer? La solución: En La Habana hago concesiones visibles e importantes. Dejo —no entrego- las armas y prometo abandonar la lucha armada. Pido perdón, y acepto la justicia transicional. Pero, a una parte de mi organización le ordeno que forme un frente disidente. Yo, ya como senador, digo que no tengo comando o control sobre la disidencia. Mantengo con esta ‘disidencia’ una comunicación discreta, y mientras ellos siguen la guerra como siempre, yo en el Congreso ataco a las Fuerzas Armadas de la mano de colegas ideológicamente afines en la política, en los medios y Unasur. Así logré lo mejor de dos mundos: Legitimé mis ideas, conseguí impunidad para mí y mis camaradas, a la vez que preservé la capacidad de mi organización para combatir y traficar. Mi estrategia legislativa será “advertir” que si no me dan las concesiones que demando los disidentes se crecerán.El resultado de este experimento mental es preocupante. No veo razón por la cual las Farc no estén haciendo exactamente esto. Ya algunos columnistas sugieren que el ataque al ejército fue de un ala guerrerista y narcotraficante que no obedece a la bienintencionada cúpula oficial fariana. El presidente, de visita en Medellín, cínicamente descartó como “contaminación auditiva” el sonido de una marcha de protesta por el asesinato de nuestros soldados. Mientras tanto, en La Habana, se frotan las manos con beneplácito al ver el progreso satisfactorio de su plan.

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