La paz y Venezuela

La paz y Venezuela

Octubre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Mejía Gómez

1. Sabemos de paz. En materia de guerra y paz los colombianos sabemos mucho. Y todo está dicho a favor y en contra del proceso que se debe instalar hoy en Oslo. Tengamos paciencia y esperanza. Si las Farc aspiran a una mejor vida tendrán que cambiar su modo de pensar, de ver, de sentir y de actuar. Deberán desmontar 50 años de lucha armada para ingresar al extraño mundo de la civilidad y la concordia y de la disputa dentro de las normas constitucionales, legales y universales de la democracia y de los votos. Esto nos permitiría a todos grandes economías en dinero, energía y concentración hacia el progreso. No podemos contentarnos con coexistir (coexisten los animales y las plantas): los seres racionales debemos convivir, esto es, compartir en medio de valores como la solidaridad y la armonía para alcanzar el bien común. En Noruega y luego en Cuba habremos de ceder de parte y parte. Eso sí, sin sacrificar nada de soberanía, y como lo dice el Primer Mandatario: “Si fracasa el intento pacificador, que nada le haya ocurrido al país, y que nada hayamos perdido en términos de espacio, territorio y posiciones”. Así sea.2. La Venezuela de Chávez y Capriles. También ha habido en esta materia fecundos analistas y parcializados pontífices de su propia verdad. Lo difícil en un caso tan lleno de aristas radica en mantener la objetividad. Es decir, observar y analizar con la cabeza y no con la bilis. Millones de razones explican por qué ganó Chávez y perdió Capriles y una de ellas, evidente, consistió en que Goliat compitió con todo el Estado en el bolsillo y con el apoyo internacional de la cofradía del llamado socialismo del Siglo XXI. Pero hay que reconocer que Chávez ganó, en esencia, porque es Chávez y Capriles perdió, fundamentalmente, porque es aún Capriles. Me explico. Cuando yo digo Chávez evoco a un líder inconfundible, con carisma, arrastre, verba, decisión y una obsesiva vocación de poder: el poder soy yo y así lo festeja la emocionalidad de un pueblo elemental que lo tiene por su padre. Un papá líder, además, que no cabe en Venezuela y se proclama libertador de los pueblos circunvecinos a cuyos dirigentes está en capacidad de influir, controlar o comprar.Y Capriles es aún Capriles. Se trata de un joven a quien toda Venezuela aún le queda grande. Tiene muchas condiciones personales que le permitieron el asombroso papel de unificar la oposición y aproximarse electoralmente a la fiera hasta casi alisarle el lomo. Pero, para que las cosas serias que dice en serio, parezcan realmente serias, debe cambiar su aspecto de adolescente con cachucha, zapatillas y sudadera y, también, más allá de cualquier academia, tendrá que aprender a llegarle al fondo del alma a su pueblo-pueblo, cantándole, encantándole. Una personalidad con más personalidad. Debe aprender de Chávez que la democracia venezolana es aún muy emocional en los mayoritarios ámbitos populares donde la razón y las razones son sólo un aspecto. Los votos no se pesan, se cuentan. Necesitamos que Capriles madure y cuaje en todo sentido para que su propia nación y latinoamérica entera se vuelvan a conducir, de manera estable, hacia la normalidad que Chávez ha descuadernado.

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