Con Juan José Saavedra

Agosto 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Mejía Gómez

1. Tres niveles de amistad. Con Juan José Saavedra fui muy amigo, después fui amigo y luego fuimos casi amigos. Nos reuníamos con frecuencia en largas tertulias donde nos tomábamos del poco pelo que ambos teníamos. En esa primera etapa se podía conversar, incluso Juan José dejaba hablar. Con el tiempo perdió la costumbre por completo. Se deleitaba oyéndose a sí mismo.Fuimos tan cordiales que en una ocasión de euforia me hizo un inmenso elogio: “por tu ingenio y tus ocurrencias tú debiste haber nacido en Popayán”. Yo le correspondí: “Y tú también.”Esto no era lo usual porque Juan José sacrificaba un mundo por pulir un chiste o echar una ironía.2. El tiempo pasa. Si querías sobrevivir a una charla con Juan José tenías que adelantarte, siendo agudo y ágil. Nadie se le escapaba. Desbordaba talento y rapidez mental. Y era muy erudito. Yo se lo reconocí así: “tú eres muy erudito sobre todo cuando hablas de tus propios escritos. Y muy elocuente cuando hablas de ti mismo”. Respondía, mordiéndose la lengua: “Es que son los temas que más domino”. Todavía toleraba un poco. Una vez me presentó una novia. Como yo la conocía le dije: “No te va a durar mucho”. “¿Por qué?”, me preguntó. “Porque la llamas por teléfono para leerle los artículos que vas a publicar; tus amigos decidimos si leerlos o no. Pero la pobre que no puede colgar el teléfono.”Con estos comentarios pesados enrojecía su rubicunda vanidad. Se creía intocable. Era intocable.Nos fuimos enfriando.3. “Eso no es novela”. Nos teníamos confianza para echarnos sátiras. Con él no se podía alternar de otra manera. Estábamos en Bogotá. El había presentado un libro. Yo presentaba mi novela ‘Hijos de cuatro’. Con un puñado de amigos nos intercambiamos las ‘obras’. Juan José me preguntó cómo me parecía su libro. Yo le dije, en broma: “¿Es un libro o un chiste?”. Cogió mi libro, lo tiró en una mesa furibundo y dijo: “Eso no es ninguna novela”.Ya nos teníamos pisadas las cuerdas. En una intervención sobre las frecuentes acechanzas contra el Club Campestre yo propuse que la entidad adelantara una usucapión para concluir con una declaración de pertenencia a fin de obtener un santo y definitivo remedio. Juan José me dijo: “cómo se nos ha olvidado el Derecho”. Y yo le repliqué : “Sí, pero no lo olvidan los que nunca lo supieron”.Ya eran demasiados muletazos y estocadas. Y nos distanciamos estratégicamente.4. Nadie con tanto talento. He conocido pocas personas con su brillo, con su talento, con su dominio del ingenio y de la palabra. En aforismos sólo lo superó Nicolás Gómez Dávila. En destellos y ocurrencias y juegos de palabras y retruécanos, casi nadie. Cada Abracadabra dominical era un manjar para el espíritu.El domingo 10 de julio en la mañana me comentaron que había fallecido. Sentí un inmenso pesar aunque no era nada sorpresivo. Llevaba meses con su enfermedad mortal al acecho. Las últimas veces que lo vi me impresionó su aspecto cadavérico. Conversamos brevemente ya sin ánimo de pullas, ya sin ánimo de nada. Una lágrima en el alma por la estrella que partió y que nunca fue una estrella fugaz.

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