Así enriquecí a Sarmiento

Abril 18, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Mejía Gómez

1. Traspasos y traspieses. Eran los tiempos de Upa. Había terminado mis estudios de Derecho y Economía en la Javeriana y compré un carrito. Hace año y medio empecé a recibir cuentas de cobro de la Secretaría de Hacienda de Bogotá. Por un decreto transitorio pude resolver la situación, a un altísimo costo de dinero y tiempo, haciendo un traspaso “a persona indeterminada”. Por fortuna, no se habían registrado accidentes ni delitos en un vehículo que debe haber perecido como chatarra desde hace años. ¿Qué ocurrió? Vendí el auto y seguramente produje, a las volandas, un traspaso en blanco a un irresponsable (irresponsable como yo) que nunca formalizó la transferencia en el Tránsito. Permítame una breve digresión. Yo corría para irme de Bogotá a Cali designado por el gobernador Libardo Lozano Guerrero para ‘fundar’ la Oficina de Planeación Departamental (hoy pomposa Secretaría) en vista de que me encontraba haciendo un máster en Economía en Los Andes. Por cierto, el mismo queridísimo gobernador Lozano (q.e.p.d.) poco después me nombró Secretario de Gobierno Departamental para remplazar al nunca bien lamentado Rodrigo Lloreda Caicedo. Rodrigo y yo teníamos, entonces, 24 años de edad. Retomo el tema: ¡Ojo, pues, con los traspasos en blanco y los traspieses!2. El Skoda amarillo. Al revisar el certificado de tradición encontré que los únicos propietarios del carrito habíamos sido el ingeniero Luis Carlos Sarmiento Angulo y yo y refresqué la historia. Un sábado cualquiera busqué en los clasificados de El Tiempo automóviles de segunda en venta. Fui a dar al centro a una oficina sin mayores pretensiones con una placa que decía: “Luis Carlos Sarmiento Angulo. Ingeniero”. Yo había oído ese nombre asociado a una urbanización Las Villas al norte de Bogotá. Se trataba de un profesional, apenas unos nueve años mayor que yo, sencillo y amable, que me paseó en un Skoda amarillo de cuyas bondades me habló durante un largo rato. Fue un encuentro afortunado por dos razones: el carrito me resultó muy bueno y, al pagarlo, me convertí, sin calcularlo, en el nidador financiero de la mayor fortuna del país y de una de las 64 mayores en el mundo. No sé si merezco, por ello el 50% de los 12.300 millones de dólares del patrimonio del ingeniero Sarmiento o mejor, dada la mala suerte del dólar, la mitad de sus revaluados 20 billones de pesos. El Tiempo lo dirá.3. “Hecho a pulso”. Este cuento retrata un poco lo que ha logrado, en 45 años, este magnate de novela, “hecho a pulso”, a quien hoy destacan dondequiera cuando acaba de adquirir, precisamente, el periódico más grande del país, El Tiempo. En muchos foros discuten acerca de si fue una operación buena o no. Yo recomendaría que, a estas alturas, no traten de enseñarle a Sarmiento Angulo a hacer negocios y, más bien, me vendan a mí otro Skoda. Otra cosa sería que se opine acerca de si conviene al país y al mundo que los grandes magnates controlen los medios de comunicación. Yo entiendo la inquietud pero hay esta reflexión: en las economías de mercado sólo los que tienen la plata pueden adquirir grandes medios, sea ello per se conveniente o inconveniente. En medios totalitarios los adquieren el Estado o los dictadores bien para loor personal o para restringir la libertad de pensamiento y expresión. En todo caso aquí podemos ventilar el tema sin que nos amordacen o encarcelen.4. Pero el cuento es mi cuento. Según una reseña de la revista Semana el ingeniero Sarmiento se inició con $10.000 de una liquidación. Y los $10.000 que le pagué por el Skoda, ¿qué? A fe mía, éstos fueron el verdadero disparador del magnate Luis Carlos Sarmiento Angulo.

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