Álvaro Gómez: 15 años

Noviembre 01, 2010 - 12:00 a.m. Por: Carlos Mejía Gómez

Debido a mi ospinismo y mi pastranismo (de Misael Pastrana), nunca fui laureanista ni alvarista. Aunque siempre admiré de Álvaro Gómez su talante y su talento, no me agradaban la arrogancia de su voz ahuecada ni la manera histriónica como ponía a hablar sus manos tan meticulosamente cuidadas.Lo observé en muchas reuniones, siempre tratando de desentrañarle los lados buenos pero, sobre todo, los malos. La oportunidad más espectacular ocurrió, sin duda, durante la enervante Convención Conservadora de 1970 donde Gómez, luego de una dramática sujeción a la jefatura de Ospina Pérez, puso el mundo al revés: con habilidosa taumaturgia, convirtió en antiospinistas a los adoradores de Ospina (Sourdis y compañía) a quienes les ofreció lo que el gran jefe blanco les estaba negando al postular a Misael Pastrana para la Presidencia: ser eventuales candidatos y hasta Presidentes. A partir de allí y durante largo tiempo el conservatismo no supo a quien pertenecía. Conocí a Gómez más de cerca en su carácter de embajador en Washington siendo yo Ministro Plenipotenciario ante la OEA. Amable, refinado y dueño de una vastísima y versátil cultura forjada desde niño en viajes que comenzaron en Buenos Aires, y siguieron en París, Bruselas, Berlín y toda España. Este hombre universal fue abogado, catedrático, humanista, orador, pintor pero, ante todo, periodista hasta los tuétanos y, en cuanto tal, veedor y crítico implacable: un feroz combatiente ferozmente combatido. Los liberales nunca le perdonaron su influjo en los gobiernos de Laureano Gómez, su padre, y de Urdaneta Arbeláez, ya que le atribuían, a sus 33 años, la manipulación del gobierno y de la fuerza pública a través del denominado “binomio siniestro” que integró con Jorge Leyva. Por ello se frustraron sus tres candidaturas de 1973, 1986 y 1990, esta última con su Movimiento de Salvación Nacional que convocó a todo el mundo a alejarse de cualquier sectarismo en un Acuerdo sobre lo Fundamental. En tal oportunidad, por cierto, malogró la candidatura de Rodrigo Lloreda, pero esa es otra historia.Gómez Hurtado era un ícono patrio, un impresionante expositor (hablado y escrito) de fondo y forma sin par. Cuando intervenía en el Congreso Nacional nadie lo hacía (salvo Carlos Lleras o Gilberto Alzate). Muchos lo reconocen como un ‘presidente’ que no alcanzó a sentarse en el solio de Bolívar. Disfrutó casi todas las glorias de nuestra democracia: hijo de papi Presidente, concejal, congresista, jefe de partido, embajador, designado presidencial. Pero padeció también todas las desgracias: el derrocamiento y exilio de su padre, las derrotas políticas, el secuestro de 1988 y, sobre todo, su vil asesinato mañana hará 15 años. Como en el caso de otros imperdonables magnicidios, Colombia espera que su sacrificio no quede impune: así sea.P.D. Semáforo en la 52. En este caos de movilidad que es Cali, con poquísimos guardas, ¿se justificaban seis ‘cuidando’ el semáforo de la calle 52 con primera? : ¿se trata, señor Secretario de Tránsito, de un caso aislado o de una ‘política’ para aplicar fáciles y jugosos comparendos mientras la ciudad está a punto de merecer, como Bogotá, un cacerolazo en materia de trágico tráfico?

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