Vivir con la música

Vivir con la música

Marzo 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Alguna revista o un periódico alababa el enorme incremento de la oferta de arte en Bogotá, y se refería concretamente a la pintura, la escultura, la música, la poesía y las instalaciones nuevas manifestaciones, para mi extrañas; la literatura, porque no sólo hay más escritores nacionales de alta calidad, sino que hay más y muy buenas librerías donde podemos conseguir casi todo lo que se publica en el mundo, mal traducido al español, pero hay que resignarse a que no lleguen los textos en su idioma original, pues si los colombianos poco leen en español, ¿qué pasaría con libros en inglés y francés?La arquitectura produce bellos edificios y muy pocas casas debido, entre otras razones, a la inseguridad de la cual han sido víctima varios de mis amigos en su propia residencia; esta rama del arte ha quedado con un feo lunar ‘canceroso’ que el infalible Petro, que tiene alma de hampón, nos dejó de legado y fue la autorización de construir hasta 20 pisos en cualquier lugar de Bogotá, sin tener en cuenta la movilidad ni la disponibilidad de servicios públicos básicos como agua potable, alcantarillado y energía eléctrica.Por cierto que respecto de estos servicios y de la aglomeración me he enterado que esos tres factores fundamentales, ¡no tienen que ser tenidos en cuenta por los curadores! Eso no pasa sino en Colombia y es estúpido a todas luces.La música también ha tenido más oferta pública que nunca antes: citaba la programación del Teatro Colón, el Mayor y los de Cafam y Colsubsidio, lo mismo que de los conciertos que se presentan en el Parque Simón Bolívar y en otros numerosos lugares, especialmente para jóvenes. En ésta agreguemos los festivales, de Rock al parque, Feria del libro, Festival de teatro y otros que seguramente olvido.Pero mi intención es hablar de la oferta de música en esta ciudad y en sus cercanías: festivales de música sacra en Tunja y Villa de Leyva, especialmente. Se queja un amargoso crítico musical, buen amigo mío, que la elite y el Jet Set de la capital sólo van a donde vean a sus miembros y los retraten en las varias revistas dedicadas a eso; lo mismo le achaca al Festival de Música de Cartagena, que en buena parte subsiste gracias a esa elite a la cual personalmente pertenezco, no porque salga en revistas ni mucho menos en periódicos, sino porque desde niño mi madre me enseñó a oír música y a gozar con ella.Ya a los ocho años, y pese al mísero salario del Ministro de Hacienda, íbamos al Colón en la época de oro de la Sinfónica y aprovechamos la visita de todos los grandes: Rubinstein, Arrau, Gulda, Brailowsky, Casals, Stravinski, Bachaus, Perlman, Schift, Baremboin, Oistrakh, Kempff, Áshkenazi, Fourner.¿Qué mejores compañeros para la ancianidad y la vejez que la lectura y la música? Esta última me acompaña muchas horas y por ello me he preparado con los aparatos que me rodean desde un viejo radio de pilas, hasta la televisión, el móvil y un extraño parlante que reproduce la música de éste en forma magnífica, sin contar con casi 4.000 CDs en los que he invertido parte de mis ahorros.¿Y cuándo, cuál? Mientras camino 30 minutos en un viejo caminador que aún funciona, las estupendas emisoras de la TV me acompañan: Sinfónica, Opera, Clásica, Piano, Grandes Cantantes Norteamericanos, ‘New Age’ y aún lo que mi hijo denomina “música de dentistería”.Mientras tomo mi ducha, mi fiel radio de pilas de más de 20 años, me acompaña con la HJUT, que continúa hasta después del almuerzo, finalizado el cual escojo CD variados según el día y el espíritu; en ocasiones después de las 11 p.m., recurro de nuevo al televisor.Hasta donde me ha sido posible he oído música en los grandes festivales de Europa (Verona, Zúrich, Lucerna, Viena, Salzburgo, San Petersburgo, Budapest, Praga, Roma, Parma, Bolonia, Venecia, Ámsterdam, Bruselas, París, Berlín, Londres, y otros que se me escapan) y en Massada, Santiago, Washington, Nueva York, San Francisco, Chicago, Los Ángeles, Boston, etc…Los viajes no son sólo para comer y ‘rumbear’; nuestros compatriotas, en general, es lo que hacen: triste vejez.

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