Un 6 de septiembre (I)

Septiembre 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

No somos los Lleras particularmente rencorosos, pero sí tenemos buena memoria: hace diez días se cumplieron 60 años de la nefasta noche septembrina, no la que llevó al Bolívar dictatorial de 1928 a saltar por la ventana de San Carlos para que lo protegieran sus soldados venezolanos y el general Urdaneta, sino la noche en que la Policía Nacional, uniformada y dañado y punible ayuntamiento con los empleados del municipio, asaltó y quemó nuestra residencia y saqueó, destruyó e incendió todos nuestros bienes terrenales mientras que otro Urdaneta (Roberto) cenaba en Palacio sin saber nada de lo que se hizo, supuestamente a sus espaldas, como decía Samper, (las espaldas son parte importante de la anatomía, de la política y de la sinvergüencería).Había estado el Presidente encargado jugando golf en el Club San Andrés mientras las turbas quemaban El Tiempo, El Espectador, La Dirección Liberal y la casa de Alfonso López Pumarejo. A la nuestra llegaron todos los empleados públicos municipales, iracundos y borrachos; el alcalde de Bogotá era un primo segundo de mi padre, Manuel Briceño Pardo, indigno descendente de mi tatarabuelo y de mi tío abuelo el general Manuel Briceño. Su cultura se mide porque ha sido el único bogotano que ha tenido lo que ingeniosos santafereños llamaron “una pecuecoteca” conformada por los guayos usados por los futbolistas de la época, mientras que sus odiados liberales como Santos y Lleras Restrepo tenían bibliotecas.Recuerdo haber llamado por instrucciones de mi padre al general San Juan, comandante de la Policía, para protestar por un agente borracho que se paseaba frente a nuestra casa con un revolver en la mano; el General todavía hoy no ha contestado las varias llamadas que le hice.Era el 6 de septiembre un bonito día; hacía sol y se podía jugar en el jardín de atrás. Treinta niñas acompañaban a mi hermana menor quien cumplía 10 años y mostraba orgullosa sus nuevos muebles, recién recibidos ese día, que no alcanzó a estrenar y en cuya elaboración Sokoloff había hecho una gran labor.Mi padre cultivaba su biblioteca de 9 ó 10.000 volúmenes, que había coleccionado desde su niñez pues a comienzos del Siglo XX los niños todavía leían; se había unificado ella con parte de la biblioteca de Felipe Pérez, pariente nuestro, y gran literato y publicista y con las compras que hizo en París en 1946 cuando regresaba de la reunión de las Naciones Unidas en Londres: segunda edición de la enciclopedia y otros volúmenes maravillosos. De don Felipe había recibido el archivo empastado de Aquileo Parra, que se perdió para la historia de Colombia.Mis antepasados Lleras y Triana vigilaban el vestíbulo, desde sus magníficos óleos pintados en 1834 por orden del fundador de la estirpe, Lorenzo María Lleras. Los álbumes de familia, las cartas y recuerdos, los objetos preciados, todo desapareció esa noche en la gigantesca pira que iluminó Chapinero hasta las 7 de la mañana del domingo: Urdaneta dormía.Yo personalmente perdí unos 600 volúmenes que había leído y coleccionado desde los 7 años cuando mi padre no dejaba pasar dos o tres semanas sin llegar con alguno, siempre interesante; la colección de soldados ingleses compartía mi entusiasmo, lo mismo que otras colecciones que en esa época se ponían de moda de vez en cuando. De igual manera, una incipiente colección de discos de larga duración (LP) y mi gran piano de cola conformaban mi vida a los 15 años.El ministro de Defensa, José María Bernal, a quien molestaban los versificadores bogotanos quienes lo apodaban ‘Chepe Mijo’ y cuyos versos que aquellos escribían, eran de este tenor:“Cómo dos flores que crecen juntas,Sobre terreno de ajeno suelo,Así Dolores y Carmelina crecen muy juntas,De lo más bueno, de lo más bueno”.Parece que fue personalmente a ver el saqueo y el incendio.

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