Tiempo de alegría y meditación

Diciembre 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

En la medida en que pasan los años (mi padre tendría 106 y mi madre 104) y los nietos se enorgullecen de sus edades, yo he optado por no pensar cuantos años han pasado, sino cuantos me quedan; impredecible, dirán muchos, pero las estadísticas y la reciente desaparición de amigos y conocidos sí permite una aproximación con pequeña probabilidad de error. En efecto, para Colombia dicen las estadísticas que la vida probable es de 74 años pero que las gentes de 80 tienden a alterar las cifras. De hecho, yo siempre me programé para desaparecer a los 75, pero tuve la sorpresa de dejarlos atrás, obviamente, y para ser consecuente me he programado para los 80 que, al no estar nada lejanos, me ha llevado a poner por escrito mis instrucciones y recomendaciones a mis hijos, comenzando por el manejo del difunto (yo) y lo que deben hacer y lo que no.Otras cosas que nos convencen son que nuestra cultura, nuestros idioma, ética y conocimientos están desapareciendo en forma vertiginosa y que lo hecho en el pasado y que ha rodeado nuestra existencia no es ni será parte de nuestra vida, inclusive durante nuestra vejez.En alguna reunión reciente me declaré derrotado en dos campos: la electrónica y el idioma. En efecto, empujado por mi esposa e hijos entré hace años a la era del computador -y no me arrepiento- y a la del Android. En ambos tengo enormes falencias que mi paciente profesora ha tratado de eliminar, pero todo ha sido en vano; tomo clases dos horas por semana lo cual no obsta para que se me olvide lo aprendido ni me ha permitido perder el susto que le tengo a todo aparato pues cualquier error al “espichar” (término bogotano que tiende a desaparecer) una tecla puede borrar el teléfono de nuestros conocidos y amigos, o los números de cuenta corriente o documentos que nos son importantes. Le he pedido a mi profesora que esté disponible durante mis últimos días, cuando ya se me habrá olvidado todo.El fenómeno de la amnesia no afecta el uso del los idiomas, el español y el bogotano. El primero se viene modificando regularmente y nuevas y desconocidas palabras encuentran su camino al Diccionario de la Real Academia, como acaba de ocurrir con 19.000, de las cuales 9.000 nacen en este pobre país. En cuanto al bogotano, seguiré no sólo utilizando nuestro vocabulario tradicional sino conservando el acento que nos ha caracterizado por muchos años y que si no ha desaparecido aún, está agónico.Pero es que la celeridad del cambio se vuelve dramática a mi edad: del teléfono con telefonista (1188 chapinero era el de mi padre) al portátil hay más cambios que la de los miles de años que duró la humanidad sin luz, sin teléfono, sin sanitarios, sin desodorantes, sin cocina eléctrica o de gas, sin automóviles, ni aviones ni trenes, y no paro de contar. Mis nietos y mis hijos me oyen con sorpresa.Otra cosa hermosa del pasado es el Niño Dios a quien yo escribo todos los diciembres y que me atiende con generosidad; no, ahora no hay pesebre sino árbol y un misterioso anciano que llaman San Nicolás, que nadie sabe con certeza de donde salió. La misa de gallo y la pólvora se acabaron junto con la novena de aguinaldos. ¿Hay alguna forma de no rodar por una pendiente cultural y tecnológica? No.Además, el infierno se acabó de modo que, ¿a dónde envía Dios a los malos? El Purgatorio también en “res nullius” aun cuando molesten las Benditas almas del purgatorio y una hermosa y triste ‘Alma Solita’ a la cual nuestro pueblo aún le reza.Ya hablaré del libro Muerte-Cultos y Cementerios de Eugenia Villa Posse, que es cuento aparte.Espero que todos hayan pasado una Feliz Navidad como yo la tuve rodeado por mí familia y seguiré aprovechado estas fiestas mientras pueda pues los míos ese culto sí lo han heredado.

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