Santiago y Bogotá

Octubre 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Hace unas semanas pasé unos pocos días en la capital de Chile y tres o cuatro en Mendoza, el reino de los vinos argentinos, del petróleo del gas ¡y del aceite de oliva!No he sido un crítico constante de Colombia y de sus gentes ni de Bogotá, mi ciudad natal, y la de todos los Lleras; sin embargo, desde hace 15 ó 20 años cayó en manos de ineptos alcaldes durante cuyos mandatos esta capital ha cogido la cara de un villorrio de quinta. Benditas las épocas de Fernando Mazuera; Jorge Gaitán Cortés y Virgilio Barco; ahora nos ahogan el mugre, los escombros, los perros callejeros, los recicladores, los supuestos grafiteros que con contadas excepciones son únicamente vándalos analfabetas, la falta de planeación urbana, los trancones, la carencia total de planeación para el desarrollo, los corruptos contratistas y funcionarios, en fin, una lista que daría envidia al Santo Job.Gocé mi estadía en Santiago porque no hay nada de todo lo anterior, ni pico y placa, ni una supuesta guerra del Alcalde contra los ‘ricos’, concepto que requiere la interpretación del Ministro de Hacienda y del joven Ortega, que parecen creer que para buscar la igualdad hay que golpear a quienes, como yo y como tanta gente, han estudiado muchos años, han arrancado de cero y han construido un modesto patrimonio para su vejez y para apoyar a sus familiares pobres, mientras se rebajan los impuestos de los ricos.Se trata de un apretón criollo como el que se está dando en la Unión Europea, que también golpea directamente a la clase media; el regreso del liberalismo manchesteriano que, sin conocer su origen, manejó Bush hijo cuando redujo los impuestos a las grandes corporaciones y a los ricos de verdad.Pues bien, a veces no me es fácil dejar de divagar sobre asuntos que oscurecen mi porvenir, pero regreso a Santiago.En Chile no hay pico y placa, no persiguen a los dueños de automóviles ni se busca entorpecer su uso; por el contrario, se construyó desde hace 30 años un metro excelente, se planificó el desarrollo urbanístico construyendo imponentes avenidas de cuatro o seis carriles, túneles y viaductos, se puso a funcionar el sistema de semáforos, se instalaron peajes urbanos.La corrupción es casi inexistente y si fuera siquiera parecida a la nuestra, nada de lo anterior existiría. A estas horas de la vida no están descubriendo un POT, ni peleando con los habitantes del Gran Santiago, que es algo parecido a la Sabana de Bogotá, para privarlos de agua; no hay basura en las calles, ni perros callejeros, ni recicladores, ni guaches ensuciando la ciudad, ni huecos, ni alcantarillas destapadas, ni policías por todas partes, ni complicaciones para estacionar vehículos, ni Concejos Municipales como el de esta despreciada urbe. Claro resulta que regresar a Bogotá es una experiencia traumática que no sé cuando dejará de afectarme. A esta grata experiencia debo agregar la gentileza de la gente, los magníficos restaurantes (desde los de la plaza de mercado en adelante), los vinos, las frutas y, en general, el optimismo sobre el futuro. Fuimos beneficiados de esa amabilidad cuando el Protocolo, avisado de nuestra presencia, nos incluyó entre los invitados del Presidente de la República a la Gala que ofreció en el teatro de la opera, con ocasión de la Fiesta Nacional y donde escuchamos por primera vez y desde un palco magnífico en el cual acompañamos a los Embajadores de Colombia, la opera Atila, de Verdi, obra de segunda línea del gran compositor pero estupenda como toda su música; luego concurrimos a una elegante recepción ofrecida por el Primer Mandatario.A ratos no se sí alegrarme por haber salido de Bogotá o si deprimirme por volver.

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