¡Qué vergüenza!

Abril 17, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Me ha dolido como colombiano leer el documento que suscribieron los dos presidentes que no es sino un contrato de adhesión aceptado por el de Colombia e impuesto por el norteamericano, como forma extorsiva para dar luz verde al TLC.Comienzo por decir que nunca he estado de acuerdo con el Tratado de Libre Comercio pues, por una parte, es el fruto de la errada política unilateral de Estados Unidos que acabó por rechazar el acuerdo multilateral que, promovido por Clinton, se suscribió en Miami en 1994 y por otra, porque el país estaba mucho mejor con la Aptdea que ha sido la prueba de que las relaciones entre estos países caóticos y la primera potencia del mundo no deberían ser simétricas, como es asimétrica la concesión justa y merecida que nos hicieron los americanos para pagar en parte el hecho de que se las arreglaron para trasladarnos la ardua labor de luchar, hasta ahora sin éxito, la guerra contra el narcotráfico que es avivada por los consumidores de los países industrializados, comenzado por los de nuestro vecino del norte.Pero no, las cosas no suceden como deberían, sino como el más fuerte las maneja: “La razón del más fuerte es siempre la mejor”, dice La Fontaine.En varias ocasiones en el pasado frente a estas inquietudes reproduje una intervención hecha en 1821 por John Quincy Adams, que encontré en una vieja revista de la Universidad de Harvard y que ahora reproduzco una vez más, adobada con otros comentarios igualmente ofensivos que concluyen el primer capítulo de un magnífico estudio presentado por el académico de Harvard, Jorge I. Domínguez al “think tank” Interamerican Dialogue.En efecto, decía el Secretario de Estado que “no es verosímil que los latinoamericanos promuevan el espíritu de libertad u orden con su ejemplo (¡Ojo, son los lemas de nuestro escudo!). No tienen ellos el primer elemento para constituir un gobierno bueno o libre. El poder arbitrario, el militar y el eclesiástico están estampados en su educación, sus costumbres y sus instituciones… Tengo muy pocas expectativas de cualquier resultado benéfico para sus países como consecuencia de nuestra relación con ellos, ya sea política, ya comercial”.Este odioso comentario, seguido de otro igualmente desagradable, reaparece en 1950 en un memorando secreto del diplomático George F. Kennan quien argumenta que los Estados Unidos no deberían apartarse en forma alguna del principio del desinterés total en los asuntos domésticos de estos países y rechaza la idea del multilateralismo en las relaciones con América Latina, agregando ese simpático personaje, como ya lo había dicho Adams, que hay que poner siempre de presente que los Estados Unidos es un país poderoso que no necesita para nada de Latinoamérica, pero ésta si mucho de aquél.Aceptemos que los colombianos, que viven en las nubes, aún hablan de que somos amigos de los Estados Unidos cuando, como maneja Brasil el tema, la realidad es que ningún país tiene amigos sino sólo intereses, lo cual debería llevarnos a poner los pies en el suelo.Ahora bien yo no critico que todo país sea egoísta, pero lo que no se debe hacer es poner a pagar a otros sus pecados como es nuestro caso con Estado Unidos, ni hacer la falsa propaganda de su misión divina en el mundo cuando olvidan a sus vecinos de Continente cuyos países padecieron mil y una desgracia con dictadores sanguinarios, violadores de los derechos humanos y ladrones patrocinados por ese país. Por ello resultan grotescas las palabras de Kennan pronunciadas en 1950 cuando prácticamente todos los países de Latino Americana y el Caribe tuvimos que soportar dictadores más o menos tenebrosos. Para los millonarios, la vida así es fácil y no molesta la conciencia sumida en el polvo de cocaína y el humo de la marihuana.Pero, para desilusión de muchos, esta diatriba no está dirigida contra el Presidente de Colombia sino contra Colombia: ¿Cómo es posible que Obama tenga que obligarnos a cumplir nuestras elementales obligaciones? Porque proteger el derecho de asociación de los trabajadores en sindicatos, castigar a los asesinos de sindicalistas y protegerlos de los continuos atentados de los que son víctimas son actos que no requieren chantajes de un Presidente extranjero pues son de la esencia misma de la actuación del Estado.

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