¡Qué país este!

Agosto 14, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

No pensé que llegara a estar totalmente de acuerdo con Antonio Caballero, cuyos artículos no son fácilmente digeribles; pero ¡oh, sorpresa!; cuando leí su comentario en Semana de hace ocho días, comencé a sentir que, o bien lo había escrito yo, o expresaba una opinión que refleja mi propio sentir. El imperio del delito, que suena como una vieja descripción de Chicago, es una excelente descripción de en qué se ha convertido Colombia.En efecto, pienso con ocasión de cada desfalco, cada decisión estúpida de un juez que da casa por cárcel a algún horrible delincuente, del descubrimiento de una nueva mafia que opera desde la administración pública, siempre que muere un niño porque los contratistas del ICBF se robaron el dinero de su alimentación, o del descubrimiento de la falsa hemofilia en Córdoba (uno de los departamentos más corruptos de Colombia, junto con Guajira y Chocó), que vivimos en el imperio del delito, que llama Caballero.Pero, ¿Quién paga el pato? Todos los colombianos que somos víctimas frecuentes de reformas tributarias cuyo elevado monto va a reponer todo lo que perdió el Estado como consecuencia de estafas, latrocinios, mermelada y misceláneas de las que tiene tan mal a La Guajira donde a estas horas de la vida ¡mueren niños de hambre! Hagamos plebiscitos de quinientos mil millones de pesos, estúpidos como el que ahora se pide para impedir que las parejas homosexuales adopten niños. A este respecto y a lo que ya se ha dicho contra la iniciativa de esos dos pecadores convertidos al ‘cristianismo’, conozco parejas con uno de los cónyuges homosexual que criaron mejor a los niños que esos padres borrachos y malgeniados que gozan con golpearlos desde que tienen meses de edad y hasta que logran huir de la casa y madres iracundas (en el sentido psiquiátrico de la palabra), que queman a sus pobres hijos.Aconsejémos a estos moralistas que dediquen su religiosidad y no los recursos públicos para aliviar esas tragedias que viven a diario tantas familias.Otra ‘belleza’ es la decisión de la Corte Constitucional que, en un país de niños abandonados, maltratados, hambrientos y sin futuro, decide que los dineros de la salud pública pueden destinarse a tratamientos de fertilidad, cuando bien podrían las eventuales madres (horras, llamaban a las vacas estériles) adoptar.Cuando veo tanta tristeza en este imperio del delito, me acuerdo de la pasión que impulsó a mi madre para lograr la creación del Instituto de Bienestar Familiar que nació ya casi finalizando el cuatrienio de mi padre y que se confió a Heliodoro Ángel Echeverri, como primer director; era él un viejo amigo de la familia y el mejor candidato para arrancar con tan grata tarea.El inventario de indeseables que hace Caballero me recuerda el mejor estilo de Jorge Zalamea y abarca a asesinos, ladrones, jueces que los ‘juzgan’ tramposamente, abogados sin ética que defienden a estos acusados, policías corruptos, testigos falsos, guardianes de prisión, magistrados que olvidaron el derecho, profesores, facultades de garaje, rectores y otros funcionarios tramposos (léase maleantes), procuradores, fanáticos y mentirosos, fiscales como el penúltimo que he conocido, ministros, etc…He de confesar que yo sufro con la lectura matutina de los periódicos pues veo desmoronarse el Estado Soberano del cual deberíamos estar orgullosos y no cayéndose a pedazos como los viejos imperios griegos y romanos. Por otra parte, la desidia, la ignorancia, la alarmante estupidez y el vulgar populismo de los presidentes de los últimos cuatrienios no nos dejan siquiera pensar en el diseño de la nueva Colombia con la misma baja calidad de ‘los directores de orquesta’. Cuando he visitado Roma y su patrimonio artístico, las estatuas verdosas de los emperadores y las ruinas de la ciudad de Rómulo y Remo, en medio de hermosos edificios, parques y fuentes debería poder pensar en la Colombia del futuro, pero no es así: es más realista imaginarla como un depósito de escombros (o de chatarra), pues cuando el Estado se encuentra en la situación que Caballero ha descrito (y yo plagiado) no hay forma de prosperar: de ahí la calle del cartucho, el Bronx y lo que vendrá después en el siglo de la decadencia.

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