Primavera musical

Primavera musical

Mayo 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Pasamos 5 días, a finales del invierno e inicio de la primavera, en la deliciosa ciudad de Chicago que poco visitamos los colombianos, siempre sorprendidos por Miami y Nueva York, pobres de ellos.Fue mi cuarta visita a Illinois, habiendo sido la tercera en 1995 cuando, invitado por la municipalidad de Chicago, por la Escuela Kellogs de Negocios y por el Chicago Tribune, pasé cuatro días inolvidables en mi calidad de Embajador de Colombia.En ese entonces fui recibido con un gran almuerzo de la Cámara de Comercio de la ciudad al cual siguió la conferencia universitaria. La colonia colombiana, compuesta en un 70% por médicos y sus familias, me agasajó en una elegante recepción y al día siguiente, en las horas de la noche, nuestra excelente cónsul me hizo el paseo nocturno para ver y admirar ese prodigio arquitectónico que es el ‘skyline’, la mejor de Estados Unidos, antaño paraíso de la peor mafia del país y ahora urbe pujante.El fin del corto viaje. que contrasta con los seis meses en Paris de Bernardo Espinoza (ver artículo del 27 de abril) se debió al deseo de asistir a varios magníficos espectáculos musicales con el grupo Best Performing Arts (de Nueva York) con el cual hemos hecho cuatro o cinco viajes similares (Viena, San Petersburgo, Jerusalén, Masada, Lucerna y Zúrich). En esta ocasión éramos 30 personas, 28 mayores de 70 años, que me permitieron recordarle a nuestro jefe de grupo la proclama de Napoleón en su campaña de Egipto y antes de combatir y derrotar a los mamelucos: “soldados, desde estas pirámides 2000 años de historia os contemplan”; en nuestro caso era desde el bus que nos llevaba a la opera, que 2200 años contemplaban las calles de la ciudad.Cuatro eventos musicales, todos de altísima calidad, justificaron nuestro desplazamiento a lugar tan lejano (seis horas de avión más cuatro de espera en Panamá, para cambiar de aeronave): dos operas, Ruzalka y la Clemencia de Tito, un concierto de la Sinfónica de Chicago y un recital de René Fleming y Jonás Kauffmann que hizo las delicias de la audiencia y que fue aplaudido de pie por más de diez minutos.Dvorak y Mozart también tuvieron un público entusiasta: habíamos visto y oído en cine la versión del Metropolitan de Ruzalka pero la de Chicago no se quedó atrás ni en orquesta (dirigida por Sir Andrew Davis), ni en escenografía haciendo posible que la del segundo acto fuera mejor que la de Nueva York. Ana María Martínez se lució en su papel de Ruzalka.La Clemencia de Tito la habíamos visto en Salzburgo o tal vez en Washington y resultó tan hermosa como la escribió Mozart.La Sinfónica de Chicago dirigida por Mitsuko Uchida – quien también interpretó al piano el concierto de Mozart- estuvo maravillosa. ¡Qué artista tan extraordinaria quien también fue pianista en el quinteto La Trucha de Schubert!Pero el recital de los dos cantantes fue el gran fin de fiesta: alternaron ellos con la orquesta y fue verdadero banquete musical: Todos salimos conmovidos y renovados, lo cual no es común que ocurra.La Academia de Arte, restaurada y ampliada, me permitió admirar una vez más las ventanas de Chagall, ubicadas mejor que cuando yo las visité, en dos oportunidades y como el paso de los años enriquece el conocimiento y permite aprovechar mejor los viajes, volví a recorrer la colección de pintura impresionista, la mejor que existe fuera de Francia. Las nuevas salas de Monet, Van Gogh, Gauguin y muchos otros son apabullantes. Desde el segundo piso se desciende por una rampa al parque, con sus inmensas esculturas que en ese entorno de nieve, se veían maravillosas.El Museo de Arte Contemporáneo me pareció pobre y no tiene la misma categoría.Por su lado, los restaurantes son sensacionales: Joe’s Crab y Hugo’s Frogleg y Gibson están en primer lugar.Un callejón cerrado (de mala muerte) con un excelente grupo de Jazz y el brunch en la Casa de los Blues cerraron estas experiencias en un ambiente amable, a un grado centígrado, algo de nieve y un cielo azul.

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