Papa

Abril 07, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Hace muchos años y después del fallecimiento de Pablo VI a quien mi esposa y yo habíamos visitado en El Vaticano en 1968, antes de su viaje a Colombia, estábamos en Roma mientras el Cónclave meditaba sobre su reemplazo. Con una pareja de amigos aguantamos 15 horas en la Plaza de San Pedro viendo salir humo negro y dos veces blancuzco que resultaron ser falsas alarmas aun cuando salió la Guardia Suiza a despejar las cercanías del atrio de la Catedral.Fatigados y aburridos decidimos no volver al día siguiente y pasamos el tiempo en una caminata inolvidable por el Foro Imperial y el Foro Romano.Murphy triunfó otra vez y ese día se eligió a Juan Pablo I a quien, aparentemente y yo sí lo creo conociendo algo de la voluminosa ‘Historia de los Papas’, asesinaron pocos días después cuando navegábamos por el Mediterráneo.¿Qué querría hacer Juan Pablo I? Lo que se cuidó de hacer Juan Pablo II; por algo hubo un papacidio. Por su parte, Benedicto XVI sabía también lo que debía hacer pero comprendió ya tarde que ni su salud ni su edad le permitirían tener éxito.¿Por qué se eligió a un Papa más joven (77 años), con buena salud y ajeno a las vanidades del mundo? ¿Por qué se dejó derrotar la curia romana y por qué el bloque italiano? Ninguna de las tres cosas son ciertas: el Papa no es latinoamericano sino argentino de primera generación y retoño de italianos; es aparentemente humilde, lo que lo descalifica como argentino; si el Espíritu Santo le tuviese confianza a un agnóstico de severos principios morales, como yo, tal vez le contaría el gran apoyo que Francisco encontró en los cardenales italianos, grupo al que pertenece y del cual no ha salido aun cuando monte en metro en Buenos Aires y le guste el fútbol; lo cierto es que fuera de pequeñas acciones simbólicas se ganará el afecto de esos católicos pecadores semi arrepentidos durante toda la vida y con frecuencia llorosos, y nada más va a ocurrir.Como decía algún articulista, la Iglesia no cambiara jamás, ni siquiera cuando dentro de 50 o 100 años no le quedarán -al paso que vamos- sino 12 ‘apóstoles’ y será esa la gran derrota de una agrupación que rechaza la modernidad moral, los problemas e inquietudes de la juventud, y la angustia a la cual se ha condenado a tanto supuesto pecador que con o sin confesión -si Dios existiera- acabaría en el mismo lugar que desde el principio adjudicó el Altísimo al feto “desde el momento de la concepción” para lanzarlo luego a ejercer el “libre albedrío”.Cojamos por ahora un solo caso, el del celibato eclesiástico: si aceptamos la existencia de ‘Jesús el hombre’ que sólo es exaltado a Dios tras la crucifixión, tenemos que aceptar también que vivió como hombre durante 33 años y en ese tiempo se bañó, vistió, comió y su naturaleza lo llevó a satisfacer otras necesidades: algunas que explicará Roberto Gerlein y, en general, las sexuales.El celibato fundamentado falsamente en la ausencia de sexualidad alguna de Jesús-Hombre y de su madre, lo inventaron quienes se otorgaron solos el título de papas, y cuya riqueza y poder emanaron de los emperadores del Sacro Imperio para su beneficio político. De ahí, la iglesia se volvió Romana.Ni los apóstoles, ni los católicos, ni los autoproclamados arzobispos, obispos, cardenales, papas y ‘dignatarios’, fueron célibes, y el celibato se volvió el Caballo de Troya, refugio de los pedófilos y otros dueños de aberraciones porque su soltería estaba impuesta por la iglesia y eso de que “dejad a los niños que vengan a mi” les sirvió ypara vivir en la más despreciable inmoralidad.Es decir, la Iglesia cuando los curas resolvieron condenar las relaciones sexuales, usaron un truco para hacer que esa iglesia, que no es la que fundó ‘Jesús el hombre’, se volviera una organización universal y refugio de corruptos y pedófilos que hasta ahora El Vaticano ha patrocinado y protegido.Si es cierto que ‘Jesús El Hombre’ sacó del templo a los mercaderes con violencia, habría expulsado del cónclave a numerosos cardenales y del Vaticano a curas y funcionarios, y de la iglesia a tanto violador de la moral y las buenas costumbres. Pero, repito, nada de eso va a pasar y todo seguirá igual. ¡Qué lástima!

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