Otra vez las corridas

Marzo 04, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Afortunadamente son las de toros que todos los años generan polémicas que ponen de punta los pelos de los responsables de éstas en Cali, Manizales, Bogotá, Duitama y en otros lugares de Colombia donde, por siglos, han sido parte obligada de los festejos populares, junto con las corralejas de la Costa y otros eventos de la misma familia.Mucha gente, entre la cual me cuento yo, vive sorprendida de que algunos ‘intelectuales’ despistados que siguen desgastándose y desgastándonos con esta bobería ¡Cuando vivimos en uno de los cinco países más violentos del mundo!Ojalá pusieran el mismo empeño en defender a los niños desnutridos, ignorantes y sin futuro que son cientos de miles en Colombia y que serían felices si algún domingo los llevásemos a toros. Pero no: los padres violentos, los curas pedófilos, las familias disfuncionales, los ‘compañeros’ de la mamá y otros familiares desnaturalizados siguen haciendo de las suyas sin que haya castigo, o lo haya suficientemente severo para tratar de frenar este odioso delito que, en efecto, y con un excelente sistema judicial, podría al menos imponer penas disuasivas de 30 ó 40 años.Pero no, es más humanitario que defendamos los toros de lidia, especie ‘sui generis’, que se fue formando al paso de los años para que los animales únicamente fueran toreados y que entraría en un rápido proceso de extinción si los defensores de los derechos de estos cuadrúpedos logran triunfar en su empeño.Yo, por ejemplo, que sólo le deseo con egoísmo a Petro que le vaya bien, pues aspiro (¿en vano tal vez?) a pasar mis últimos días en una ciudad acogedora, no me preocupo por los bovinos que cada año llevan alegría a mucha gente, que crean empleo, que tienen la posibilidad de matar o herir gravemente al torero y que, cuando son de casta, mueren con honor, música y vuelta al ruedo.Como escribía alguien hace poco, son estos toros los aristócratas de la fauna: nadie los molesta, los persigue o los mata en cualquier momento como ocurre con los animales salvajes, víctimas de cazadores profesionales, deportistas, gente con hambre e individuos crueles que matan todo lo que se mueve.Tampoco han pasado nunca por esos mataderos viejos que son cámaras de tortura ni han sido víctimas de las torturas a que los someten los matarifes de los pueblos lo mismo que a los pobres cerdos, que no cuentan con ninguna asociación de protectores, pese a que los he visto apuñalar, soportar el taponamiento temporal de la herida con una tusa y luego desangrarse en el recipiente que garantiza la elaboración de deliciosa morcilla. Y los ejemplos sobran; micos, ovejas, conejos, ratones y otro especímenes que en bien de los seres humanos se maltratan en tanto laboratorio.Cuando escribí el año pasado sobre el mismo tema, me mostré sorprendido de que los polemistas de lado y lado no hubieran recurrido a fuentes nacionales para elegantizar la polémica -que las hay muchas- y está específicamente el libro de Andrés y Carlos Holguín Holguín denominado ‘Cultos religiosos y corridas de toros’.Bajo el acápite ‘Los Toros en Santa Fé’ reproduce Carlos Holguín un párrafo de la historia de los toros tomado de una conferencia de Daniel Ortega Ricaurte: “Esta era la diversión popular más apetecida y agradable. Con ella se daba mayor solemnidad a las fiestas de los santos; con ella se procuraba mayor realce a los festejos de la coronación de los reyes; con ella se agasajaba a los presidentes y obispos; con ella se alegraban los frailes en sus capítulos cuando elegían provincial, y con corridas de toros se concluían también a veces, las elecciones de abadesas en los monasterios de las monjas. Las corridas de toros se llamaban por antonomasia “fiestas”.Carlos III prohibió las corridas y Carlos IV las autorizó, Fernando VII las prohibió y luego creó el Real Colegio de Tauromaquia de Sevilla “para enseñar el arte de los toros”.¡Mundo variable éste!

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