Navidad

Diciembre 26, 2010 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Hoy pasada la Nochebuena y la Navidad 73 de mi vida y hasta donde mi buena memoria lo permite afirmar, estoy convencido de haber participado en estas festividades desde hace 70, sin interrupción.Cuando las persecuciones políticas nos tuvieron fuera de Colombia (1949,1952 y 1953) celebramos la Nochebuena en Miami y México con árbol, pero sin pesebre; estando yo más joven llevábamos el árbol y el pesebre a La Granja, finca de Don Rafael Salazar en La Cita, donde veraneábamos con frecuencia.Todos lo demás años hasta 1945 cuando nos vinimos de La Candelaria a Chapinero, el enorme pesebre se hacía en el apartamento de mis tías abuelas Cortés Gregory; había piezas traídas de España a comienzos del Siglo XX y otras de Nueva York hacía los años 20, junto con un árbol pequeño; todo se trasladó a nuestra nueva casa, la que quemó la policía en 1952 y en ella, en la gran mansarda, renació el pesebre y mejoró el tamaño del árbol para los siguientes siete años que les quedaron de vida.Cuando yo he vivido fuera del país, nada ha cambiado excepto el tamaño. Cuando cerré mi oficina de abogado (próspero) con ocasión de la elección de mi padre a la presidencia y nos fuimos con mi esposa y los hijos a Bruselas con la Flota Mercante Grancolombiana, hicimos un pequeño árbol y un pesebre proporcional, que hoy todavía sale todos los años, pero ahora con un gran árbol adornado con multitud de ángeles, que estaban de moda en 1994 y 1995, cuando pasamos la Navidad en Washington, y el mismo y modesto pesebre.Desde que murieron prematuramente mis dos hermanas la Navidad se comenzó a celebrar en mi casa a donde venían mis padres y, por supuesto, todos mis hijos y nietos, los cónyuges y los novios.El día de arreglar la casa es especial y todos participan en esta labor ingente en la cual colaboran el conductor y el servicio doméstico y que comienza por descubrir qué bombillo está fundido y no deja funcionar las iluminaciones del árbol; el pesebre está a cargo de mi hija menor y mis nietos menores que logran resumir el nuevo testamento sobre la chimenea de mi escritorio (hoy llamado ‘estudio’ por los nuevos ricos y los renegados de mi generación).La noche del 24 van llegando todos, cargados de regalos que se ponen al pie del árbol y sólo se abren después de la cena, uno por uno, cantados “‘de” y “para” por mis nietos que fungen de asistentes del patriarca, quien recibió de su padre el legado del bastón mágico -que señala cuál regalo entregar-; todo se abre, se valora, se comenta y se aplaude.Sobra decir que se reza la novena que inventó la tía de Ernesto Samper, y se cantan villancicos.Hace dos años pasamos la Navidad en un crucero que nos llevó de Valparaíso a Punta del Este y Buenos Aires y para mi sorpresa y alegría, después de la cena, se apoderó la familia de la biblioteca del buque y como por milagro aparecieron regalos de todos para todos; el mío para ellos era el viaje y yo recibí ¡un computador! que me ha obligado a modernizarme y a tener no sólo una, sino dos direcciones electrónicas y que nunca lograré dominar para lo cual cuento con una paciente profesora que sabe que de una semana a la otra habré olvidado sus sabias enseñanzas.En este país de nuevos ricos, narcos, paramilitares, contratistas ladrones, negociantes semi honestos y otras malas yerbas, es bueno conservar las viejas costumbres que nos arraigan a las tradiciones de una familia que trata de sobrevivir a la invasión de corruptos que se viene apoderando de Colombia.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad