Mi segundo plagio

Agosto 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Hoy estoy plagiándome de nuevo al transcribir un artículo que escribí en El Tiempo hace 20 años y que tal vez tiene más vigencia hoy que en ese entonces, tema que nos debería preocupar; esto implica, como diría Antonio Caballero que es cáustico y exagerado, que en ciertas épocas sí se pueda decir que cada gobierno es peor que el anterior; veámoslo.“Colombia está en mora de organizar una gran cacería de pillos que comience en las veredas y comunas y llegue hasta altos cargos de la administración central desvertebrando así esa organización político-mafiosa que ha dado sepultura a la ética y a la moral administrativas, quiere acabar de corromper la Justicia, dilapida los dineros públicos ya por apropiación, ya por el mal uso, ya por tal incapacidad y se parapeta en unas desvencijadas estructuras manzanillas que sólo sirven para que todos hagan componendas o negocios con todos. Yo he de confesar que hace años deje de criticar a los países del continente pues ningún colombiano tiene autoridad moral para opinar sobre la mordida mexicana, o el tropicalismo brasileño, o la familia Menen, o el juicio a Alan García o las ‘banana republics’ cuando hemos convertido a ésta en ejemplo de inaudita corrupción.Hacen bien el Gobierno y el Congreso en preocuparse por frenar la evasión fiscal; otro tanto deben hacer las asambleas y los gobernadores y los concejos y los alcaldes. Lo que dificulta y hará casi imposible tan serio propósito es el descrédito que rodea las ramas del Poder Público y que sirve de pretexto preferido para no pagar. ¿Cuál es el fin de sacar del sector productivo unos dineros que generan empleo y crean riqueza para que se lo roben los servidores públicos sin que haya ninguna investigación sobre enriquecimientos ilícitos; o los malbaraten en viajes y gastos suntuarios o en burocracia inútil o en componendas y serruchos?Qué daño hace al país el Gobierno a todo nivel y las Corporaciones de elección popular al dar tan funesto ejemplo; y lo que es peor, al crear nuevos impuestos que afectan a las clases populares fundamentalmente y que sólo se justifican por la necesidad de tapar los huecos que ha dejado en los presupuestos la mala administración.Cada vez que se trasladan más recursos de las clases popular y media a la clase alta por medio de la continuada evasión que ésta ha organizado con la pasividad complaciente del Estado, y en la medida en que miles de millones de pesos que dejan de pagar las grandes fortunas incrementan el déficit fiscal, el Estado aumenta los impuestos indirectos para que la gente de menor capacidad económica pague los impuestos de los poderosos que, mientras tanto mantendrán su riqueza fuera del país o -lo que es menos malo- incrementarán sus inversiones en Colombia.En la medida en que los pobre paguen por los ricos, los primeros serán más pobres y los segundos más ricos, y este proceso puede medirse estadísticamente en el país.Pero es que para frenar tamaña injusticia hay que tener autoridad moral y el Estado carece de ella: los congresistas siguen viajando y crean para su beneficio sistemas excepcionales de seguridad social; o aparecen vinculados a dudosos negocios, o tratando de eliminar sin decoro alguno el régimen especial que creó la Constitución y que buscó darles la respetabilidad que tantos parecen rechazar airados; el gobierno también despilfarra en viajes y en otros gastos innecesarios para no hablar de la frondosa burocracia instalada en la Casa de Nariño (pobre precursor que murió tan pobre en Villa de Leyva) y tanta entidad pública que no por ello ha mejorado su eficiencia. Cuando un diario capitalino pondera la frase de mi amigo Rodolfo Llinás, “menos política y más patria” quiere decir, sin duda, que “más patria” es igual a menos deshonestidad, menos despilfarro, menos ineptitud, menos distribución de puestos para cerrar acuerdos políticos dejando excluidos los verdaderos talentos, más administración y, en fin, más control del país, más gobierno”…Vamos adelante con la campaña contra la deshonestidad y otros males semejantes y, a la vez, en favor del pago de los impuestos que a cada cual correspondan. Sin ello, no tendremos nunca un país mejor.

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