Llantas, ¿bomba de tiempo?

Diciembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Como con todas las cosas colombianas, las denuncias de los periodistas, las tragedias humanas, etc., ocurre como con los volcanes navideños: prende la mecha y se elevan estrellas y luces multicolores y luego, ¡plaf!, se apaga de una y se echa a la basura; algo similar pasa con la apertura de las botellas de champaña.En efecto, para ir al grano, se queman cientos de llantas viejas que ponen en peligro la salud de la población y contaminan de forma monstruosa el pobre ambiente bogotano, ya maluco sin necesidad de más torpezas.Yo fui una especie de precursor de la defensa del llamando medio ambiente, en mi juventud limitado casi totalmente a los recursos naturales renovables, y es así como desde la presidencia de la Sociedad Colombiana de Recursos Naturales, la decanatura de la Facultad de Recursos Naturales de la Tadeo y la asesoría que por varios años presté a la CVM (Corporación Autónoma Regional de los Valles del Magdalena y del Sinú), primero con Rodrigo Botero su director, y luego con Hernando Reyes Duarte quien lo sucedió exitosamente, desarrollamos una hermosa labor de la cual siempre me he sentido orgulloso y luego, con Virgilio Barco, elaboramos los estatutos de la entidad y dejamos sentadas las bases para la creación del Inderena y preparamos el campo lo que permitió a Julio Carrizosa adelantar su labor que aún ayuda a salvarnos del desastre, lo cual lo ha hecho acreedor a merecidas distinciones académicas, que celebro. Cuerpos de guardabosques e inspectores de pesca, protección de la fauna y la flora, regulación de aprovechamiento de los bosques, creación de la Corporación de Defensa de la Meseta de Bucaramanga para frenar la erosión que amenazaba la ciudad misma, y otras cosas positivas, fueron el resultado de nuestra labor. Dados estos antecedentes que conforman los gratos recuerdos de mis actividades profesionales entre 1962 y 1966, el tema de las llantas, avivado por unas diez o más que se encuentran amontonadas en el garaje del edificio donde vivo, me llevó a investigar ¿por qué se acaba tan rápido la espuma de la champaña? En efecto, ni el ministro del Ambiente, ni la CAR, ni la Alcaldía, ni los periódicos, han dicho ¡mu! ¿Qué pasó? ¿Por qué si el tema se supone que está regulado pero en la realidad no lo está, es por negligencia de las autoridades y desinterés de los medios que se desgastaron en tres o cuatro comentarios?Desde que vi que “aquí no pasa nada”, adelanté mis investigaciones privadas, para concluir que en todos los países civilizados el asunto es considerado de enorme trascendencia y se han tomado medidas inteligentes para protección de la población. ¿Puede alguien imaginar cuántas llantas entran al mercado en los países desarrollados y cuántas salen? Por supuesto que si se reemplazaran cada 100.000 kilómetros el mundo estaría frente a un desastre en cadena, que sólo puede evitarse y en otros países se está evitando con la obligatoriedad del reencauche. Leí con cuidado las explicaciones que por escrito dio la Asociación de Reencauchadores de llantas, investigué el mercado de vehículos y comprobé la total ignorancia de los propietarios y de los conductores de vehículos (carros particulares, de servicio público, de transporte de carga, de maquinaria agrícola o industrial) para concluir que, como no ha ocurrido en numerosos países, aquí existe un total desconocimiento del reencauche como único medio de controlar la acumulación de llantas usadas; que se ha bloqueado la importación de llantas extranjeras que no permiten el reencauche o el reencauche seguro; que en ocasiones se ha limitado la venta de llantas nueva si no se presenta el certificado del uso de las originales por 300.000 kilómetros, incluidos 200.000 procedentes del reencauche, que está garantizado como seguro por los productores de llantas. Existen también procesos industriales para pulverizar las llantas viejas que son reutilizables en cosas varias, como la pavimentación de calles y carreteras.¿Qué dicen las autoridades?

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