La verdad sobre Reichel Dolmatoff

Octubre 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Rayos y centellas han caído sobre la memoria de Gerardo Reichel Dolmatoff quien fue mi amigo y vecino en Villa de Leyva donde nos reuníamos con alguna frecuencia a tomar té (en memoria de alguna abuela victoriana suya) y a conversar sobre temas que incluían, por supuesto, algunas de sus rigurosas investigaciones antropológicas; guardo una de sus obras que me obsequió con generosa dedicatoria.Gerardo hizo grandes aportes a la ciencia, a la cual dedicó su vida, habiendo muerto en franciscana pobreza después de haber vendido su gran biblioteca a la Universidad de California de la cual fue profesor visitante durante muchos años.Su acucioso alumno, derramando lágrimas de cocodrilo, ‘descubrió’ un pasado nazi en quien hizo parte de la resistencia francesa, fue condecorado por el General de Gaulle y amigo de Paul Rivet.Rivet, como ya no lo sabe nadie, fue víctima de la mal llamada ‘República de Vichy’, vergonzoso enclave pronazi en Francia y cuyo ‘presidente’ fue oportunamente ahorcado por los aliados.Eduardo Santos era presidente y en 1941 consiguió en forma que no pude explicar en mi libro Cartas del Exilio, que Rivet fuera puesto en libertad y que tomara en Marsella (donde era cónsul Hernando Téllez) un buque con destino a Colombia donde realizó importantísima labor (creó el Instituto de Antropología) y luego viajó a México a unirse al grupo de resistencia antinazi que allí operaba. Pasada la guerra regresó a Francia y creó el Museo del Hombre.¿Es posible acaso que de Gaulle y Rivet hubieran estado tan equivocados? No lo creo. La cita fuera de contexto de la realidad alemana y de la francesa en la década de 1940, es miserable y populista.El 95% de los alemanes fueron seguidores de Hitler y sólo unos pocos ‘caciques’ fueron condenados en Núremberg mientras que científicos, militares, industriales, empleados y jóvenes de todos los estratos resultaron absueltos de facto. Si hoy en día se pregunta por los antepasados cercanos de la población alemana, se descubriría que no había nazis y que nadie sabe quiénes llenaban las plazas haciendo el saludo fascista. ¿Qué se hicieron las juventudes hitlerianas?, ¿los miembros de la Gestapo?, ¿los empleados del Gobierno?, ¿los guardianes de los campos de concentración?, ¿los seis millones de judíos se suicidaron?En alguna reunión de las empresas navieras que servíamos el tráfico desde Europa del Norte a Sur América, pregunté durante al almuerzo, en la mesa con cinco o seis alemanes de jerarquía, quienes habían hecho parte del nazismo, reinó un incomodo silencio que rompió un alto funcionario de la primera empresa alemana quien en forma franca dijo haber hecho parte de las juventudes hitlerianas, como todos los niños y jóvenes de la época. Lo felicité.De la misma manera he tratado de encontrar en Francia algún colaboracionista con los nazis, y ¡Oh sorpresa¡ no había ninguno; todos fueron miembros de la resistencia.Esas fueron las realidades europeas y Gerardo tuvo que afrontar unos hechos penosos en Alemania, que de haberse negado a hacerlo pudiera haber terminado en Dachau.Pero él tuvo la fortaleza de renegar de ese pasado (que no tenía necesidad de hacer público como parte de su hoja de vida) y de unirse, él sí, a la resistencia en Francia en forma que le permitió recibir con orgullo la Legión de Honor; llegó a Colombia más o menos al tiempo con Rivet y dedicó su vida a honrar su patria adoptiva, Colombia.Desafío al ridículo denunciante a que haga una investigación en Alemania sobre las grandes familias de ese país y qué les ocurrió durante la guerra y después de ella; si es persona de buena fe, se sorprenderá de cuantos teutones racistas y antisemitas pasaron derecho a la nueva Alemania de Adenauer sin romperse ni mancharse y que aún en público ponen en duda el Holocausto y añoran la parafernalia neoclásica del nazismo que llenó de alegría a sus padres y abuelos.

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