Jineth Bedoya y El Espectador

Jineth Bedoya y El Espectador

Abril 08, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Ahora que se ha rendido un merecido homenaje a esta valerosa periodista, ejemplo de profesionalismo y entereza, creo que ya puedo ponerle su nombre a la historia que vivimos en el diario y que narré en mi libro ‘Partitura Indiscreta’, pues en 2003 me pareció excesivamente indiscreto usar nombres propios.En las páginas 341 y ss. está la narración bastante completa, no sólo de este caso sino de las otras complejas situaciones que pudimos sostener y no que se habían dado desde el asesinato de Guillermo Cano.No creo abusar de El País al transcribir en dos artículos la crónica pues el libro está agotado y, además, seguramente poca gente lo conoce pues en Colombia, como con frecuencia lo repito, un libro es un best seller cuando, como ocurrió con los dos míos, se vendieron algo más de 6.000 ejemplares de cada uno, ¡En un país de 42 millones de habitantes!Escribí entonces, después de narrar algo sobre mis contactos con las Farc, lo siguiente: “Con los paramilitares las cosas fueron más graves. En efecto, y en el curso de una investigación, secuestraron a una de mis periodistas que hacía cola para entrar a La Picota, a plena luz del día, y la drogaron y botaron horas más tarde en un potrero cerca de Villavicencio; la recuperamos en relativo buen estado, fui a verla a su casa, y le destiné un carro blindado que El Espectador había recibido del Gobierno americano después de la muerte de Guillermo Cano.Como no era la única amenazada (Ignacio Gómez, Hollman Morris, etc…), monté un servicio de recolección en la mañana y entrega a domicilio en la noche.Sabiendo que los autores habían sido paramilitares salí con un feroz editorial contra Castaño y su gente. Al día siguiente, mientras el Fiscal delegado estaba tomando las declaraciones del caso, llamó personalmente Castaño por el celular de uno de mis colaboradores y tomé la llamada; estaba yo enfurecido y lo ataqué con toda clase de epítetos y casi a gritos, en forma tal que al final asustado el Fiscal, me dijo: “Nadie grita así al jefe de las AUC”; “salvo yo”, le repliqué. Castaño comenzó por negar la autoría del hecho, lo cual rechacé enérgicamente pues yo tenía otras informaciones, pero después de que recobré la calma me ofreció iniciar una investigación y castigar a los culpables, si los hallaba. Sin pensarlo dos veces, acepté y le confirme que siendo sus hombres los culpables, él debía encargarse de ellos.Pocos días después llamó de nuevo y me mandó razón de que había capturado a un sospechoso y me lo estaba enviando para una diligencia de reconocimiento, lo cual me pareció bien. Y, efectivamente, al día siguiente hacia las 10 a.m. me avisaron de la portería que venían tres personas a verme para el asunto acordado. Hice que los introdujeran al salón de Junta Directiva: eran dos ‘gorilas’ armados y un individuo lívido y tembloroso a quien habían traído de Cali esa mañana.Llamé a la periodista víctima de los bárbaros y le pedí que bajara y con la puerta un poco entreabierta, se fijara cuidadosamente en el prisionero, advirtiendo que no se podía equivocar pues si el individuo era uno de los secuestradores, con seguridad no vería la luz del día siguiente.Mi periodista había estado drogada y sometida a malos tratos de manera que no podía precisar después de una hora, si el acusado era o no culpable; en esas condiciones, dí orden de que se fueran y comunicaran a su jefe que no había certeza, de modo que tenía que obrar en consecuencia”.Buena experiencia y enseñanza sobre la altivez de un periodista (continuará).

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