Elecciones turbulentas

Junio 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Olvidando el Siglo XIX y las exageraciones de los conservadores que “salvaron la vida” de los señores Cuervo y Casas, me propongo hacer hoy -para tanto joven que desconoce la historia de Colombia- un breve recuento de mis recuerdos en cada ocasión.Voy a comenzar por las de 1946, cuando fue elegido Mariano Ospina Pérez y el Partido Conservador recuperó el poder que había perdido en 1930, cuando fue elegido el liberal Enrique Olaya Herrera, no sólo por su prestancia y popularidad sino porque el Partido Conservador tuvo dos candidatos: el maestro y poeta Guillermo Valencia y el General Alfredo Vásquez Cobo; los conservadores confiaban en que monseñor Perdomo definiría la cuestión pero este, prudentemente, guardó silencio y por ello se ganó el odio eterno de Laureano Gómez.Este hecho político se repite, pero en el seno del liberalismo, en 1946, cuando frente al candidato único del conservatismo se presentaron dos liberales Gabriel Turbay Abunader y Jorge Eliécer Gaitán. El primero era candidato oficial y el segundo iba subiendo en popularidad y demagogia; muchos esfuerzos hizo la dirigencia liberal para evitar la derrota, que de paso y en pocos años se tornó en tragedia debido a la violencia oficial que se generalizó a partir del 9 de abril de 1948 y de la ruptura del gobierno de Unión Nacional. Diez años duró esta dañina hegemonía (1947-1957).Gaitán, contactado por los grandes jefes liberales (Eduardo Santos, Luis Cano, López de Mesa. etc…) aceptó que se escogiera un tercer candidato como consecuencia de una renuncia de los dos, Turbay y Gaitán, pues era consciente de que el Partido dividido perdería el poder; Gabriel Turbay, por el contrario, en un desafortunado golpe de vanidad se negó a retirar su nombre pues él era el candidato oficial del Partido y la disidencia de Gaitán tenía que unirse al oficialismo. Sobra decir que nada se consiguió y Ospina triunfó, como era matemáticamente predecible.Turbay, derrotado, se enclaustró en la residencia que había tomado en arriendo (Calle 39 No 14 – 39) y que era de propiedad de Fabio Lozano y Lozano; no quiso hablar con nadie y poco después viajó a París, donde falleció. Era un hombre ilustre y lo conocí en mi casa en la Candelaria; tenía asma y una consecuente alergia a las flores, especialmente a las azucenas que, en su visita a nuestra casa el día de la primera comunión de mi hermana tocó almacenar en la tina (o bañera que llaman ahora) para evitar una catástrofe. He de decir que, pese a mis 7 años de edad, no me gustaba, como tampoco mucho a mi padre.A Gaitán lo vi de lejos dos o tres veces y me gustaba aún menos pues como ya lo he narrado, hizo apedrear nuestra casa en 1943, primer acto violento que conocí y que no he olvidado, preludio de la bomba de julio de 1952 y del incendio de nuestra casa el mismo año.Recuerdo bien, eso sí, que por obvias razones yo era partidario de ¡Ospina! quien parecía un buen padre de familia (en el sentido jurídico de la palabra) y un empresario trabajador y honesto, defensor del gremio cafetero que mi padre había salvado de la ruina al crear el Fondo Nacional del Café durante el gobierno de Santos.Este tipo de politización prematura en ciertas familias explica que adultos ya, esos jóvenes quieran participar en la política nacional aun cuando en ocasiones fracasan, como en mi caso. (Continuará).

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