El sermón sobre la caída de Roma

Mayo 26, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

No soy un experto en la obra de San Agustín a pesar de algo haber leído, de manera que sólo ahora me enteré del sermón que da su nombre al reciente libro de Jérôme Ferrari, Premio Goncourt, que según los conocedores sacó del anonimato y del olvido la prestigiosa distinción, la más importante de Francia.Abusando de la información de la contraportada, he aprendido que el citado sermón fue dirigido por el gran teólogo y filósofo a los fieles de Hiponia para consolarlos respecto de la fragilidad de los reinos terrenales.En un francés difícil, el joven escritor “lanza una luz despiadada sobre la maldición que condena a los hombres a ver derrumbar los mundos que edifican y a reconstruir sin tregua sobre la sangre o las lágrimas, sus imposibles mitologías· (Por la traducción CLL de la F).La obra de más de 200 páginas se concentra en unos pocos personajes que sirven al autor para crear un mundo en el cual aquellos, “sin encontrar otra salida a la propensión del alma humana a corromperse”, hace una vivisección cruel y dolorosa de quienes creen -de buena o mala fe- que han encontrado el camino correcto para ser felices, sin lograr su cometido.No sé si el libro ha sido traducido al español pero a quienes estudian o conocen el francés se los recomiendo, lo mismo que a otros lectores cuando aparezca el texto en español, sin perjuicio de que me maldigan porque creen en el Sermón de la caída de Roma.***Y hablando de libros y a partir de mayo, me tomé el trabajo de escoger, entre los cerca de 200 libros que aún no he leído y que reposan pacientemente en mi biblioteca, aquellos que van a conformar mi programa de lectura de este año, sin perjuicio de que la adquisición de otros vuelva a desplazar a los que no salen ni cobrarán la recompensa de ser leídos y de volverse por ello útiles, antes de que yo muera.Comencemos por los que ya pasaron la prueba con éxito y con un porqué otros murieron en el empeño.Hace años tenía el Alexis de Margueritte Yourcenar, y hasta ahora logré leerlo; es una obra corta, que podría ser autobiográfica, pues se trata de la carta de un homosexual (o asexual) a su esposa, escrita en el momento de abandonarla. Es un texto amable y profundo, que llama a la meditación.Siguió un breve y extraño libro de Stefan Zweig (que no recordé oportunamente haber leído pero que con gusto releí), Los ojos del hermano eterno, hermoso en su forma y en su fondo, que deberían leer los funcionarios públicos y las personas que están en el camino de la meditación y la reflexión sobre su acaecer en este mundo.Se me murieron por el camino, además de Shalimar El Payaso de Salman Rushdie que encontré tremendamente aburridor, uno de los libros de Silva Romero que deseché en la página 10, no sólo por pensar que ni el fondo ni el estilo me atraían sino por la fatiga que me produjo su otra obra -empastada conjuntamente con la primera- que dedica más de 200 páginas a relatar cómo los paramilitares, apoyados por los militares, asesinan a todos los habitantes de un pueblo, uno por uno, salvo los último que mueren quemados entre la iglesia.A mis 11 o 12 años comencé a conocer de cerca estas tragedias que gentes de todo el país denunciaban a diario y que, en aquel entonces, eran generadas por los pájaros y chulavitas y tal vez por ello las numerosas obras que salen sobre el tema de la violencia me saturaron hace raro; en este caso caí en el error de hacer una excepción de la cual me libre pronto.Ya seguiré con mi programa de lecturas de 2013.

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