El pensamiento de un hombre culto

El pensamiento de un hombre culto

Marzo 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

No voy a repetir mi alabanza a Ramón de Zubiría sino que me limitaré a resumir su pensamiento expuesto brevemente en mi escrito de la semana pasada en relación con la tauromaquia.Después de declarar sin tapujos que no comparte la opinión de quienes “conciben los toros como una de tantas expresiones de barbarie, de salvaje insensibilidad por los animales”, explica cómo en las corridas de toros “no hay intención de barbarie ni de crueldad hacia lo que algunos llaman “el pobre toro” pues si así fuera “el matador no expondría su vida, y en vez del estoque se valdría de otros instrumentos para sacrificar al animal”.Argumento tan sencillo nos pone a pensar en Manolete, Ariza o Cesar Rincón, armados de las correspondientes ametralladoras o de los machetes del movimiento islámico, esperando con traje de luces a que salga el animal para disparar una ráfaga o cortarle parte del lomo para prolongar el entretenimiento de los salvajes espectadores que, a semejanza de los romanos en el circo, bajarían el dedo para pedir la muerte de un gladiador ya herido, de un animal maltrecho o, por cierto, de un buen cristiano de esos que ahora escasean.Explica Don Ramón -como se referían a él sus discípulos- que “la moña, la pica y las banderillas se utilizan no por crueldad sino por necesidad: para restarle poder al toro” y agrego algo que todos hemos sentido y conocido: “La misteriosa relación de afecto que en los toreros que merecen ese nombre, han sentido siempre por los toros; luego un torero no es un matarife, ni el público que no acepta ni tolera que lo sea es coparticipe de una ceremonia bárbara. Agreguemos nosotros algo que Tito no hubiese dicho ni escrito jamás: en cada corrida la mitad de la concurrencia está del lado del toro y espera con cierta ansiedad que arrolle a su valiente adversario.Con razón agrega Zubiría que, “inexplicablemente, no existe una exégesis de esa extraña, dramática y alucinante ceremonia que son los toros”, y existen escritos varios que en su concepto no hacen la exégesis que, de manera integral, profundice en la esencia misma de las corridas, en su índole cultural, que explore la psicología de sus oficiantes y analice las complejas relaciones entre toro, torero y público.Para beneficio de los aficionados cito las obras a las que el maestro hace alusión. Enciclopedia de los toros de don José María Cossio; los ensayos de José Ortega y Gasset y de Domingo Ortega (el filósofo y el torero), los estudios de Bergamín y el libro Cultos religiosos y corridas de toros, de Carlos y Andrés Holguín; agrega algo que no conocemos, un trabajo sobre la geometría o matemática de los toros, de autor norteamericano.Pero el escritor retrocede en el desarrollo de su vida central expuesta por nosotros al iniciar este escrito, para explicar qué no son los toros, y hace un interesante desarrollo: no son un simple espectáculo y su historia nos aclara que constituyen un ritual de origen religioso con raíces milenarias y misteriosas que comenzó haciendo parte de lo mágico y luego fue “de ofrenda y sacrifico enderezado a rendir adoración a los dioses o invocar sus favores”.“Era el animal sagrado por excelencia, símbolo de fecundidad, de vida y de poder generador” y por ello tuvo un culto “riquísimo en modalidades” cuya ceremonia central era la muerte del “toro sagrado”.Recuerda Zubiría que el toro aparece por primera vez en pinturas rupestres en las cuevas de Altamira, que yo traté de visitar hacer un par de años pero que llevan varios cerradas pues la humedad producida por la respiración de miles de turistas estaba afectando el colorido, tal como ha ocurrido con las tumbas del Valle de los Reyes en Egipto.El toro apareció también en las viejas civilizaciones de Asia Menor, en Samaria, Egipto y, por supuesto, en Creta (recodemos el laberinto), lo mismo que en Persia y en Grecia donde los toros eran dioses momificados: “Zeus rapta en forma de toro a Europa”. No se sabe cuando pasa el culto a España pero “estuvo presente desde los tiempos prehistóricos” y desde el Siglo X cuando el CID alanceaba toros y hasta el presente, pues la tradición taurina española no se interrumpe”.

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