El pasado en presente

Junio 16, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

He recogido el nombre de uno de los mejores programas culturales de la televisión colombiana, que permaneció en la programación por un tiempo relativamente largo a pesar de la alergia de tanto colombiano por la historia patria y la literatura.Ramón de Zubiría, ese gran amigo de enorme inteligencia, descomunal cultura y humor cartagenero, exrector de la Universidad de los Andes, embajador de Lleras Restrepo en Holanda, estudioso de la vida de Rafael Núñez de quien conservaba alguna correspondencia que me dejó ojear en varias oportunidades y admirador de Machado, era una caja de música y ocasionalmente nos daba la oportunidad de oírlo y de escuchar los boleros (El último café) que entonaba después de las 11 ó 12 de la noche acompañado por el tiple que tocaba uno de sus amigos, contertulio de estos festejos que solían terminar después de que su esposa, Carmen, nos servía un buen desayuno a eso de las 6 a.m.Hay amigos que, muertos, uno simplemente olvida; otros que recuerda con diversos grados de nostalgia, y otros -pocos- cuya presencia nos acompaña siempre; Tito de de Zubiría era uno de estos.Abelardo Forero Benavides, era una mezcla de astuto politiquero cundinamarqués por quien nunca tuve simpatía por razones relacionadas con los incendios del 6 de septiembre y nuestros años de exilio, y de profesor universitario, también de admirable cultura.El programa en cuestión que no recuerdo bien si duraba una hora o media, se desarrollaba en un escenario sin pretensiones y los dos contertulios se sentaban frente a frente en cómodas poltronas y comenzaban a disertar sobre el tema del día.Ambos sabían mucho y en veces se complementaban pero generalmente se rapaban la palabra para demostrar su manejo del tema en discusión, casi siempre relacionado con nuestra historia y de ahí el nombre del programa que he tomado en préstamo para hacer una prueba.Durante diferentes momentos de mi vida mantuve una columna en El Tiempo gracias a Hernando Santos Castillo, buen amigo mío, quien después de terminada la Asamblea Nacional Constituyente me invitó a opinar desde las páginas del diario que dirigía que bajo el nombre de El elogio de la locura (el mismo que uso en este periódico desde hace años) publiqué mi columna entre 1992 y 1994. Con Hernando almorzábamos una vez al mes en el restaurante La Red de propiedad de las hermanas Calderón, esposas de los hermanos Santos Castillo e intercambiamos ideas por dos o tres horas.Con ocasión de la destrucción de mis archivos a la cual me referí en algún escrito anterior, encontré y pude salvar muchas de mis columnas de 1992 y 1993 y ¡Oh sorpresa!, parecen escritas hoy y lo fueron hace 21 años, lo que demuestra que el país viene patinando en el barro, de lo cual no lo salva ni la nueva Constitución.Como consecuencia de lo anterior, en alguno de los artículos de las próximas semanas voy a plagiarme. Obviamente este ejercicio requerirá en algunos casos comentar el paralelismo histórico que debería causar horror a todos los colombianos de bien y hacer reflexionar a los malhechores quienes, en alguna medida, parecen estar copiando viejas experiencias que fracasaron y que, creen ellos, que tal vez ahora si salgan adelante en momentos en que el debilitamiento de los movimientos guerrilleros (terroristas, malhechores, etc…) es palpable y la acción del ejército más efectiva aun cuando algunos piensen que el gobierno la tiene algo frenada en aras de no dificultar más las negociaciones.Mi esperanza es que el uso de clones deje en claro que los subversivos no podrán subsistir y que ello se pueda probar en el menor plazo posible.

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