Día del padre

Día del padre

Julio 13, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Inmerso en la lectura de la “Historia de mi vida” de Julio H. Palacio, valiosa colección de crónicas históricas y autobiográficas que cubren un periodo poco conocido de la historia de Colombia y sobre el cual escribiré “in extenso”, perdí de vista que ya nos atropellaba el día del padre que mis hijos celebraron el 15 de junio, fecha oficial que no se cambia por intereses electorales.Junto con un “high tea” muy inglés con el cual desde hace muchos años me agasaja mi hija mayor, en esa ocasión, me llegaron los generosos obsequios de siempre, casi todos libros: El Vengador de Thomas de Quincey, que ya leí y que es excelente y, por cierto, algo en su trama me recuerda alguna novela o cuento de un escritor sueco cuyo nombre se me escapa, que escribió sobre una venganza similar pasados años del pecado cometido por un grupo importante de una población; Malentendido en Moscú, de Simone de Beauvoir, obra inédita de esa antipática persona e inteligente escritora; y Paris y Nueva York, dos gruesos volúmenes de Edward Rutherfurd, que mucho me habían recomendado.Empeoró transitoriamente mi angustia pues fui a Lerner, la más completa librería de Bogotá cuyo dueño conocí muy de cerca hace años en el local de la Avenida Jiménez, donde creo que aún está una de los expendios, y adquirí los cuentos completos, en textos originales, de Kafka, que hoy reposan en la biblioteca de mi padre que, a su muerte, adquirió la Tadeo Lozano y de la cual no retiré un sólo volumen por defender la honra de la familia pues otros individuos habían cometido abusos.No he definido qué puesto ocuparán en mi mesa de lectura estas adquisiciones, que puede variar entre el 1 y el 200, salvo por El Vengador y por el libro de Simone de Beauvoir que tiene varios pedidos de mis hijos; a esta fecha, ya leí Nueva York y lo comentaré más adelante.Y hablando del orden de las lecturas regreso al maltrecho ejemplar de Julio H: Palacio que llevaba tres o cuatro años en la cola, hasta el punto de que había yo olvidado quien es el real propietario a quien debo devolverlo pues yo no adquiero ni libros ni discos por usucapión; afortunadamente encontré una dedicatoria con firma ilegible (que podía ser de Sergio Restrepo Caicedo) para Eduardo Mendoza Lince y que entregaré a su hermano Ernesto.Da pesar que obras tan importantes para conocer y estudiar el acaecer político colombiano, en especial en épocas tan complejas como la Regeneración, vivida muy de cerca por el escritor desde 1887 hasta 1910, la cual incluye, naturalmente, las cinco guerras civiles que tuvieron lugar entre 1863 y 1903 (1863,1877, 1885, 1889, 1895) y la llamada “revolución de Barranquilla” de 1909, la breve presidencia de Jorge Holguín, en 1909 y la encargatura del general Ramón González Valencia, la reforma constitucional de 1910 y la llegada al poder de Carlos E. Restrepo con cuyo bastón de mando -obsequio de su familia que es también la nuestra- se posesionó mi padre 56 años más tarde.Me anticipo a comentar que la historia de Nueva York es apasionante pues alrededor de la vida de unas pocas familias nos describe ese complejo desarrollo que se inicia al comenzar el siglo XVII y termina después del drama de las torres del World Trade Center cerrando un ciclo de casi cuatro siglos (en fin de cuentas, son más de 900 páginas, eso sí amenas y educativas). Me sorprendió mucho el énfasis que pone el autor en la continua discriminación contra los judíos que nació de la lista de las 400 familias elaborada por la señora Astor, “árbitro de la elegancia” como Petroneo en Roma.

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