Derecho a morir dignamente

Noviembre 17, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Aprovecho las valerosas y acertadas palabras del teólogo Hans Küng a quien siempre he leído y admirado y a las cuales me referí hace un par de semanas, para volver mis ojos a las entidades sin ánimo de lucro con las cuales tengo contactos en razón de modestos apoyos económicos o bien por tener una obligación moral de ayudar por haber participado en su creación y desarrollo.Entre estos, quiero hacer énfasis en la Fundación Pro-Derecho a morir dignamente en cuya Junta participé por varios años y cuya trayectoria sigo con interés (D.M.D.)D.M.D. nació hace años y fue su motor principal Beatriz Kopp de Gómez; ha luchado por sobrevivir en medio de los ataques de curas, viejas y viejos que creen estar recorriendo caminos hacia la gloria eterna a la cual, naturalmente, creo que no van a llegar y otras gentes que, como las anteriores, desconocen al hombre, es decir, a cada individuo, como fuente de todas las decisiones a las cuales ha de enfrentarse durante su vida con o sin un catolicismo al cual parece no interesar el libre albedrío al que pisotea todos los días.La capacidad de decidir cuándo debe terminar la vida es propia de cada uno y, sin atreverse a llegar tan lejos (algún día lo hará), es lo que busca D.M.D.; un gran paso dio la Iglesia Católica cuando reconoció que no era “pecado” (?) decidir que no se desea vivir atado a equipos varios para poder respirar o cumplir autónomamente otras funciones vitales.Curiosamente, y el aborto mientras el feto no tiene vida propia es una forma de autonomía y ejercicio del libre albedrío de la madre, y con otras palabras lo reconoció así nuestra Corte Constitucional; pese a todo, los fanáticos, entre los cuales hay numerosos y desorientados médicos, se niegan a aceptarlo.Pasando a otro tema, llevo más de 25 años vinculado a la Fundación Santa Fe de Bogotá, uno de los pocos hospitales universitarios que hay en Colombia, como asesor jurídico, como paciente, y ahora como simple admirador de los logros que sus fundadores y administradores han alcanzado.Por cierto, y desafiando en algo el caleñismo de este diario y de la mayoría de sus lectores, me siento obligado a aclarar una encuesta sobre hospitales y clínicas de Suramérica que se publicó en El País hace casi dos meses y en la cual la Fundación Valle del Lili ocupaba el primer puesto y alguna otra entidad, caleña también, el segundo o tercero.Sin ser aguafiestas y teniendo gran admiración por la Valle del Lili a cuyo nacimiento asistí y que ha mantenido inmejorables relaciones con la Santa Fe, he de aclarar (de oficio) que ni esta última ni la Clínica los Condes, de Santiago de Chile, quisieron participar en la encuesta por haber encontrado irregularidades en algunos procedimientos en su elaboración que ya se están corrigiendo. Mi mejor deseo es que el año entrante empaten Bogotá y Cali.La fundación Salvi y su Festival de Música de Cartagena y la Corazón Verde y sus premios a los mejores policías de Colombia, serán objeto de otro escrito sin perjuicio de mencionar Las Granjas Juveniles Campesinas y la Unicef, a las cuales presto modestos apoyos, lo mismo que a la Fundación Juventud. Pese a lo atrás dicho, pasados unos pocos días después de escrita esta columna, debo señalar algo que me ha dejado perplejo: ¿Por qué El Tiempo ni siquiera mencionó el otorgamiento de los premios a los mejores policías de Colombia?No creo, obviamente, que Luis Carlos Sarmiento odie a la Policía Nacional; ¿ocurrirá lo contrario con los Santos y con el Director? Cualquiera diría que este silencio en un insulto a la Institución a la cual tanto debemos todos los colombianos con excepción, aparentemente, de los directivos de ese periódico.

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