Denuncias desatendidas

Diciembre 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

* En el pasado, en varias ocasiones, me he referido a los hechos de naturaleza penal que sacan a la luz los periodistas de investigación de los periódicos y de las revistas, especialmente Semana.En estas denuncias escritas y públicas, inclusive se da información sobre en dónde recaudar las pruebas para llevar a la cárcel a no pocas personas delincuentes, que abusan de cargos públicos y privados para explotar públicamente el más repugnante clientelismo o para enriquecerse y enriquecer a familiares y amigos.Pienso que la Policía, la Fiscalía, la Procuraduría, la Defensoría del Pueblo, la Contraloría y la rama judicial, de oficio, deberían iniciar las investigaciones tan pronto se publica la noticia y no esperar hasta cuando el ofensor esté tras las rejas por algún motivo menor.¿Por qué no ocurre esto? ¿Por qué ganan premios de periodismo los acuciosos defensores de la moral pública y después de unas palmaditas en el hombro, son dejados solos y, en ocasiones, al alcance de la venganza de los acusados?Por su parte, los medios deberían llevar un directorio de casos no investigados y publicarlo todos los meses, como lo hacen con las obras públicas y algunos de los despilfarros de los contratantes. Si yo fuera Procurador o Fiscal (“no diga boberías”, diría mi niñera de antaño) abriría investigación a los supuestos culpables denunciados por los medios en el lapso de 10 días. Igual suerte deberían correr jueces y fiscales cuyas decisiones son tan obviamente torpes, sino de mala fe, como pasa en la mayoría de los casos.* Cuando el Embajador de los Estados Unidos fue trasladado con su señora a Afganistán, hubo en la sociedad de Bogotá “llanto y crujir de dientes” pensando que el peligro de tan querido amigo aumentaría especialmente en ese remoto y belicoso país. En algunas de las despedidas que sus amigos le ofrecieron, hubo hasta “furtivas lágrimas”.Yo, por mi experiencia diplomática, diría que es más peligroso ser Embajador en Estados Unidos frente a un amenazante Departamento de Estado, famoso desde comienzos del Siglo XIX por su desprecio por América Latina (y seguramente también por Afganistán).Pues bien, pocas semanas después del retiro del Embajador salió en la prensa una inesperada noticia: los homicidios en aquel país son de algo así como 2.8 por 100.000 habitantes mientras que en Colombia son de 16/18. Mike y Fátima deben reír a mandíbula batiente mientras siguen enviando al ‘dry cleaning’ los vestidos arrugados por tanto abrazo y húmedos por las burguesas lágrimas de tanta gente demasiado efusiva.* Finalizo esta columna con el manido tema de la reforma del sistema de salud del cual dije en su momento que la reforma constitucional debería ser aprobada antes de la ley estatutaria lo cual obviamente no ocurrió por culpa de un Congreso inepto y de un gobierno reeleccionista.En el entretanto, y como ya lo mencioné, los médicos se arrepintieron de haber estado de acuerdo con el proyecto del gobierno que naturalmente no habían leído con cuidado.En medio de este colombiano caos, surgió una ley clara y una opinión constante ambas de Roberto Esguerra, exdirector de la Fundación Santa Fe de Bogotá y miembro de numerosas sociedades científicas nacionales e internacionales. Explica él con claridad que el proyecto que cursa en el Congreso no es tan malo como los medios y personas desinformadas creen, y que con cuatro o cinco modificaciones podría ser adoptado, sin que sea la “gran reforma” de Santos sino un aporte relativamente modesto que ayudaría a sortear las actuales dificultades.

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