Del football de ayer y hoy

Julio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Nunca he sido fanático de este deporte ni de ningún otro; sin embargo, en mi niñez caí víctima de él al llenar un álbum con los magros recursos que siempre recibí en mi casa. En ese entonces no recuerdo si las monas tenían los retratos de los integrantes de una selección, aun cuando creo que en 1942 o 43 no existía tal figura, o era de los equipos Santafé y Millonarios, los dos de Bogotá pues antes de la gran invasión de la provincia poco o nada nos importaban los equipos “foráneos”. Adicionalmente, se suponía que los conservadores, por lo azul, eran partidarios de Millonarios y los liberales, por lo rojo, de Santafé (yo quedé en ese equipo, obviamente).Sobra decir que los mafiosos no se habían apoderado de este deporte, como más tarde ocurrió, no había bandidos ni guaches agrupados en barras bravas. Tal vez por esta última razón no me opuse a que en el Liceo Francés me incluyeran en el equipo de Football, lo que tuvo graves consecuencias para mi vida, como expongo brevemente. Para comenzar una nueva carrera fui al Sport, almacén que quedaba en la Calle 17 arriba de la Carrera 7A y en frente del Cine Apolo, y adquirí unos guayos finos (creo que los elaboraba El Guayo Alemán). Armado de ellos y con la horrible pantaloneta morada del colegio, me enfrente a los ataques desalmados de muchos adversarios y descubrí porqué los porteros usan guantes, y desde ese día me propuse no detener ningún balón, menos aún pues yo estudiaba piano.Como esto iba en contravía de mi lujoso título de portero emérito, desarrollé una gran habilidad para salir de la portería (como Higuita) y frenar el avance del enemigo con un leve contacto guayo-espinilla; funcionó el esquema hasta que en forma imprudente lo apliqué al jugador más alto, más feo y más antipático (cuyo nombre omito pues podría ahorita estar vivo y repetir su venganza) quien cuando se levantó, aun cojeando, me cogió a pescozones y me “saló” y amenazó con repetir la dosis en todos los recreos. No pude, pues, aparecer abiertamente en el patio por el resto del año de manera que tenía que hacerlo a hurtadillas para poder comprar una de las deliciosas papas chorreadas que la señora Lucrecia vendía baratas durante el recreo.El Partido Conservador, siempre oportuno, convenció a mi padre de que iba a confiscarle sus bienes y a crear otras dificultades, y por ello se quedó en Colombia como jefe único del Partido liberal y nos mando por fuera del país (1949); al regreso (1950) ya había desaparecido mi desconsiderado contendor, el de la espinilla delicada. El Partido Colombia- Brasil nos ha devuelto la confianza en mis técnicas futbolísticas: patadas, empujones, mala leche de los jugadores brasileros y complicidad del árbitro español (pariente seguramente de los desalmados conquistadores que maltrataron y robaron a los indios usando indebidamente la cruz y el evangelio). He escrito varias veces sobre estos temas y para mi sorpresa la reacción española fue la misma de Amar y Borbón en 1810: me nombraron miembro del Instituto de Cultura Hispánica. Tuve una experiencia semejante en otro campo y fue la del nombramiento de Jefe Scout de Colombia, que mi mujer me obligó a rechazar y a dejar el campo a Emilio Urrea.Ahora, sin embargo, pienso que con las nuevas reglas podré reincorporarme a un honesto y civilizado equipo de football, ya tal vez no como portero, pero sí como defensa.Mientras tanto, que se cuide nuestro magnífico seleccionado cuyos partidos vi con emoción extraña en un enemigo de los deportes.

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