De nuevo calma y lectura

De nuevo calma y lectura

Noviembre 30, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

La vejez tiene la ventaja de permitir que el afectado (o bendecido) puede disponer de tiempo - que nunca será suficiente- para leer y oír música, dos actividades que por lo demás son excluyentes: uno no oye si lee algo interesante y está absorto -pues de lo contrario el libro no vale la pena- u oye la música gozando cada compás.Por hoy permaneceré en la lectura, que me ha permitido seguir diversas sendas. Como ya lo dije, el análisis de la tesis de Monseñor Rueda Beltz me tomó al menos una semana y fue seguido por un interesante libro editado por la Academia de Historia, que trata sobre la exclusión en Colombia desde el Siglo XIX y hasta la fecha. Olvidé temporalmente el nombre de la autora pero sí me atrevo a decir que es una discípula de Indalecio Lievano quien le dio palo, sin misericordia, a los “próceres de la patria” y a la clase dirigente; la señora podría ser también aventajada alumna de Antonio Caballero, crítico desmedido de nuestro acaecer histórico.Hay mucho de razón en el fenómeno de la exclusión que ha dado lugar a la gran desigualdad que impera en Colombia y por todo ello un historiador serio tiene que trasladarse a la época que se analiza y a la cultura y el pensamiento de ese entonces, antes de embestir como un toro contra gente e instituciones, muchas de las cuales nacieron de buena fe, en beneficio precisamente de los excluidos, como ocurrió con las leyes sobre libertad de los esclavos, por ejemplo.Ni los Lleras, ni los Restrepo, ni los Briceño gozaron de las prebendas que se dieron durante la Regeneración, y de ellas salen muchas de las grandes fortunas de hoy en día. No pienso que durante los gobiernos en vida de la Constitución de 1863, esos oscuros privilegios se hubiesen repartido como sí ocurrió los primeros años de la independencia cuando Bolívar, Santander y otros gobernantes los repartían a tutiplen.Por el contrario, si respeto la Constitución de 1821 y sus pocos años de su vigencia hasta que en 1826 Bolívar la desechó; contenía aquella doctrinas de valía -los partidos políticos no existían aún- y su eliminación fue la semilla del golpe de 1828 y de la dictadura de Urdaneta (el venezolano).Empaté mi anterior lectura con un interesante libro publicado por el Instituto Caro y Cuervo (Independencias Latinoamericanas) que es un compendio de enjundiosos estudios académicos italianos, que aumentó mi depresión.En efecto, a nosotros nos enseñaron a querer y a respetar a Colombia; Henao y Arrubla nos hablaron bien de todos los presidentes de la República y el hermano Justo Ramón, a su vez, nos infundió la peregrina idea de que este país era poderoso y rico. Descubrir que todo eso es mentira, resulta doloroso pues toca concluir que en casi todos sus aspectos es un país de segunda.La explosión de hombres inteligentes de mediados y finales del Siglo XIX y en el XX (Caro, Cuervo, Marroquín, Santiago Pérez, Rafael Reyes, los dos Holguín, Rafael Uribe Uribe, Eustorgio Salgar, etc…) nos llevó a sacar pecho y, ahora, tenemos que retirarlos como afectados por la tuberculosis.No sólo, pues, es el tema de la exclusión, sino la dolorosa falta mención de Colombia en los textos que publicó el Caro y Cuervo: los distinguidos investigadores y eruditos no citan a este país en párrafo alguno, y de él, únicamente el nombre de José Eustasio Rivera; la palabra Colombia no está en ninguna de las casi 300 páginas de la obra.Aparentemente ni en el Siglo XIX ni casi tampoco en el Siglo XX Colombia está incluida en libros históricos y en profundos tratados, como si lo están México, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador; Panamá y, oh terror, Nicaragua que, aparecen en el libro en mención. De hecho, ni Gonzalo Jiménez de Quesada puede competir con Pizarro ni Cortés, ni el pasillo y los tiples con los mariachis ni los lánguidos sones peruanos de la sierra, ni tampoco en otros aspectos en los cuales nos rajamos por aislacionistas mientras que el resto de Iberoamérica recibía inmigraciones valiosas.

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