Aprenda viajando

Agosto 21, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

El título de esta columna parece el nombre de alguna empresa de esas que señoras cultas organizan para ir civilizando a los jóvenes de bachillerato y a adultos en verdad ignorantes, ya que poco o nada se estudia en estos tiempos en materia de geografía, historia, literatura y cultura, en general.Señala Tim Blanning, autor de ese excelente libro aún no traducido al español, ‘The Triumph of Music’, cómo la música se fue democratizado al paso de los siglos y los músicos dignificando paralelamente, cuando sale de los palacios y llega a los teatros, que aparecen por primera vez en el Siglo XVIII; de hecho, hoy en día opera y conciertos reúnen millones de personas de toda clase y el carácter elitista de estas manifestaciones culturales ha ido desapareciendo.De la misma manera, la avidez de las masas por conocer todo ha desarrollado un turismo popular gigantesco del cual depende parcialmente la economía de muchos países: Francia, Italia, Egipto, España, México, Indonesia, etc… La hotelería crece, crecen las empresas aéreas y las de cruceros, se renuevan los museos, se restauran las obras de arte, se sublima la arquitectura, se abren las puertas de los palacios, se publican guías y bellos libros de arte. No tengo duda de que este contacto con otras culturas es importante para todos, así después de un viaje apresurado muchos no recuerdan bien dónde estuvieron, o dónde se encuentra la Mona Lisa; posiblemente y por invencible ignorancia, no hayan captado nada sobre la historia de Rusia cuando recorren San Petersburgo, o la de Roma, pero por lo menos se crea la inquietud.Por supuesto que el drama va creciendo y nos arriesgamos a que los hijos se coman a Cronos: en efecto, la popularización de la cultura ha puesto en peligro todas las maravillas de la humanidad que están atacadas por la creciente contaminación que generan los millares de turistas que, incansables, suben a la Acrópolis, o dan de comer a las palomas en la Plaza de San Marcos, o tratan de entrar a la Capilla Sixtina o a las cuevas de Altamira, o a las tumbas del Valle de los Reyes. Y menciono estos lugares, que he visitado, por las medidas que se han tomado para protegerlos de sus admiradores, y que no existían hace 30 años.Hace ya años, las Cariátides de la Acrópolis se llevaron al Museo y fueron reemplazadas por otras bien copiadas; los cuatro caballos bizantinos de la Catedral de San Marcos corrieron la misma suerte. El Vaticano, por su lado, ha tenido que racionar las entradas a la Capilla Sixtina pues la humedad que exhalan miles de turistas estaba afectando los frescos de Miguel Ángel restaurados hace unos 35 años; los egipcios han tomado las mismas precauciones, y por igual razón, con las tumbas y los españoles con las cuevas de Altamira.Hace poco visité ese hermoso pueblo que es Santillana del Mar, a sabiendas de que las cuevas estaban cerradas desde hace años pero acababa de enterarme de que se habían construido magníficas reproducciones de las cuevas y un lujoso museo. No puede entrar a las primeras pues las localidades se habían agotado, pero sí recorrí el segundo que merece ser visitado.Dentro de esta dulce-amarga situación tuve que reservar con dos meses de anticipación las entradas a la Galería de los Uffizi, para las 10 a.m. del 6 de julio pues ahora se trata, obviamente, de limitar el número de personas que pueden estar simultáneamente en un lugar, sin causar daños ambientales.Esta orgía turística y cultural se extiende a la música: boletas para los grandes festivales y también para la normal programación de las salas, compradas con un año de anticipación. Los restaurantes tienen el mismo problema y, en general, el mundo padece de esa democratización que es buena, pero que nos hace alegrarnos de haber conocido mucho mundo cómodamente, y antes de ella.

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