¡Alabemos la maldad!

¡Alabemos la maldad!

Marzo 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

El país se viene acostumbrando a ser neutral frente a la maldad o, lo que es peor, ha convivido con ella en desmedro de la ética individual, que no de la cultura colombiana que ya atraviesa una crisis de marca mayor.Para la muestra dos botones: Pablo Escobar y Diomedes Díaz.El primero, un bandido irredento, un criminal de asco que con la bendición de obispos y curas sumió a Colombia en la peor y más duradera crisis moral que se recuerde. Entre muchas cosas distintas de los asesinatos, del escándalo de la catedral, de los homicidios, torturas y demás horrores que deberían producir a todos la repugnancia que me produce a mí, estuve leyendo recientemente cómo se ha vuelto un negocio turístico en Medellín ofrecer ‘tures’ a extranjeros y nacionales para que tengan algún tipo de contacto con ese maldito.En efecto (cosa antioqueña, pese a ser tierra de muchos de mis antepasados) tenía que ser en Antioquia donde se les ocurriría tal estupidez, para no agregar que es donde tenía que nacer Escobar como muestra del paisa emprendedor como lo es, y Dios me perdone la comparación, Gregorio Gutiérrez González, el poeta del hacha que viene acabando con los recursos naturales renovables de Colombia.Pues bien, Pablo el emprendedor dejó una mina para los emprendedorcitos -que yo no sé si se van encariñando con el bandido- que venden boletas a $60.000 a quienes sólo quieran conocer dónde nació el monstruo y dónde está enterrado y a $80.000 si, además, quieren ir hasta la hacienda Nápoles donde creo que ya no queda sino un solitario hipopótamo donde podría habitar el ‘alma’ del dueño.A lo mejor sea esta una actividad lícita aun cuando yo, que soy abogado de la vieja guardia, creo que no, pero a nadie parece importarle mucho. Pienso que mi abuelo Restrepo, antioqueño de Cepa, jurista integérrimo y Juez de la primera Corte Suprema de Justicia de la Gran Colombia (1821) estaría listo a prohibir este elogio de la maldad, por contrario al orden público y a las buenas costumbres.El segundo ejemplo que, sin ser tan escandaloso no deja de ser grave, es el del cantante vallenato Diomedes Díaz, que ha tenido más y mayor prensa que el Papa Francisco.El individuo en mención fue un cobarde y repugnante homicida que asesino a sangre fría a una mujer (costumbre muy colombiana) y que no pagó por ello sino unos pocos meses en la cárcel. A cualquiera nos puede gustar el vallenato y creer que Diomedes fue mejor que Zuleta pero para ello no es necesario glorificarlo ni declarar en el Cesar día cívico, ni hacerle tantos honores.De hecho, Francia tiene un gran poeta (François Villon) que hace ya varios siglos escribió la ‘Balada de los ahorcados’ y otros poemas brillantemente traducidos por Andrés Holguín. El hombre era un asesino y la Justicia lo condenó a la horca, sentencia que se cumplió sin que esto obste para que figure con honores en todas las antologías de la poesía francesa. La diferencia es que la fecha de su ejecución no es fiesta nacional de ese país y que su doble condición de poeta y asesino figura críticamente en todos los textos.

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