Adivina, adivinador

Marzo 11, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

La lectura de los diarios y revistas tiene la virtud de ponerme de humor sombrío pues la radiografía de Colombia, hecha un día cualquiera y todos los días, no nos permite optimismo alguno ni para nosotros, ya ancianos, ni para nuestros hijos -a ratos lo creo- ni para nuestros nietos.Quienes vivimos los desastres entre 1947 y 1957, creíamos que el Frente Nacional sería la salvación después de más de un siglo de guerras civiles y persecución partidista. Han dicho los mamertos, las guerrillas, los profesores del Fecode y los jóvenes que se instruyen sólo por internet, que no fue así y que ese gran tratado de paz estuvo en la raíz de la nueva violencia ejercida por bandidos crueles y sin escrúpulos, financiados por los países del Este europeo y por Cuba y Nicaragua.La Junta Militar (1957-1958) y el gobierno de Alberto Lleras (1958-1962) hicieron grandes esfuerzos y lograron pacificar buena parte del país; Guillermo León Valencia usó más acciones militares que persuasión y no le fue mal; es un ejemplo para este gobierno que no debe dar tantas explicaciones y disparar más.En 1970 nace, para incrementar la violencia, el M-19 que sirve para defender la ambición del dictador Gustavo Rojas Pinilla de ser presidente de un país que había deshonrado; curioso fenómeno sociológico que nadie ha estudiado bien y que llegó en 1977/78 a adelantar serias conversaciones de Paz con Carlos Lleras Restrepo, que fueron torpedeadas por los altos mandos militares y el Presidente electo: el Palacio de Justicia los castigó.Pero en medio de este caos aparece el narcotráfico, pienso que a mediados de 1975, que se inicia en Santa Marta (¡Oh sorpresa!) manejado por prestigiosa familia vinculada a otras actividades como cobrar indebidamente subsidios o invadir un Parque Nacional.De la marihuana pasamos a los laboratorios para procesar la pasta de coca que llegaba de Perú y Bolivia hasta cuando los programas de interdicción aérea, exitosos desde finales de 1994 y durante el cuatrienio Samper, obligaron a los narcos (Pable Escobar, Rodríguez Orejuela y otros) a aumentar la producción local, lo que consiguieron, según se dice, con apoyo de agrónomos norteamericanos.Coincide todo esto con la caída del muro de Berlín y el final de los aportes de Rusia, Checoslovaquia y Cuba a las Farc y al ELN; los narcos y especialmente Escobar, se beneficiaron de la Asamblea Constituyente de 1991 por la prohibición que se estableció para la extradición, sobre la cual tenemos otras historias.Pero el hecho cierto es que esas “patrióticas guerrillas” de secuestradores y criminales horrendos que no merecen ni siquiera la cárcel sino un remedio más radical que limpie esta República al menos de uno de los males que la aquejan, comenzaron pagando protección a los narcos pero pronto estos aprendieron, como más tarde los paramilitares de Álvaro Uribe, que era más cómodo y menos arriesgado asociarse, y así lo han hecho, inclusive con las bandas criminales que reemplazan los ejércitos de derecha que sólo se reinsertaron parcialmente, reinserción que parece condenada al fracaso al pasar tantos de ellos a unirse con bandas tanto o más miserables que las mal llamadas guerrillas.Todo esto es lo que el gobierno, hábilmente manejado por el Presidente, cree que puede arreglar a corto plazo, por lo menos para volver a las buenas épocas de los Lleras, lo que ha implicado curiosamente un inicial y erróneo manejo de las Fuerzas Armadas que personalizo yo en el general Matamoros y que está cambiando de matiz: ahora el Presidente va borrando de la memoria nacional, lenta pero eficazmente, a quienes en este campo del orden público y en reconocimiento de sus conciudadanos se encuentren cerca de su índice de popularidad. Adivina, adivinador, a quienes me refiero y en quienes pienso que correrán la misma suerte durante el resto del mandato. Mi fracaso político de 1997 lo merecí por no haber aprendido bien a jugar póker.

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