A una querida amiga

Marzo 13, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Ocasionalmente mis artículos tienen inesperados desarrollos y ello ocurrió con algunos de hace pocas semanas, en los cuales hacía severas críticas a la Iglesia Católica Romana por el daño que durante siglos hizo a las buenas gentes, entendiéndose por ellas a las menos favorecidas.Es interesante analizar un aspecto humanístico y es el del arte religioso, católico y cristiano que el catolicismo y luego el cristianismo (cuando se habla de estas dos religiones resulta que los católicos no son ‘cristianos’) promovieron gracias a que los reyes, la nobleza y la alta burguesía, todos atemorizados por el poder del papado, se dedicaron a cultivar a la jerarquía eclesiástica y, aún, a los curas del pueblo, para tener su apoyo en el arbitrario manejo de la propiedad rural y de los siervos de la gleba y de los pequeños burgueses.Y es así como la iglesia levantó enormes capitales que no invirtió en los pobres, enfermos, ni niños abandonados sino en la pintura medieval y renacentista en iglesias y conventos; los reyes y el primer y el segundo estado (14 de julio de 1789) procedieron en igual forma y, facilitaron la aparición de esa pléyade de genios que produjo Italia y luego el resto de Europa.Con la música ocurrió algo parecido: en Europa, por lo general, no había teatros públicos, salvo que fueran callejeros, de modo que fue en los teatrillos de los palacios, donde surgieron Haydn, Mozart, Beethoven y, tantos otros y se desbocó la composición de misas y cantatas y pasiones y oratorios. Pasó el mundo de la musiquilla de juglares al canto gregoriano en las iglesias y de allí a los teatros de la aristocracia.Los curas sabían escribir y no le enseñaban a nadie de manera que aún reyes y señores no escribían y poco leían. El primer libro impreso, la Biblia de Guttenberg, tenía que ser eso: una biblia. ¿Y a dónde fui a parar para llegar a la Encíclica? Al mes de febrero pasado cuando tras casi cuatro semanas de lectura nocturna la leí en su texto francés y creo que lo digerí bien.Me devuelvo un poco: mi querida amiga de hace 60 años es una bella mujer, inteligente, esposa y madre ejemplar, lectora impenitente y, sobre todo, plena de amor por la humanidad doliente a la cual dedica una buena parte de su vida de católica fervorosa.Con ocasión de algunos artículos irreverentes sobre la Iglesia Católica Romana de Constantino (no de Jesús) me llamó por teléfono y me expresó su tristeza por haber yo producido aquellos textos; me preguntó si había leído La Encíclica Laudato si (Loado Seas) y expliqué que no, de modo que me pidió que lo hiciera y me envió de regalo de cumpleaños (enero 30) una excelente edición francesa.La alternativa era compleja: leer el documento y tratar de digerirlo objetivamente, o dejarlo de lado; pero mi aceptación previa a la llegada del grueso volumen (unas 180 páginas) me convenció que no podía dejar de lado a la generosa donante, ni faltar a mi compromiso, y no me equivoqué.La Encíclica, después de prescindir yo de aspectos bíblicos y evangélicos, hubiera podido ser el documento final de la tibia reunión de París que no servirá para nada, pero sobrevivirá a la tragedia de la destrucción del medio ambiente el texto religioso que incluye, tácitamente, una conclusión a futuro y una reprimenda tácita: “El Papa lo dijo y tal como le ocurrió a Jesús, no lo oyeron”.Participo yo de la admiración de muchos por este documento crudo, científico y espiritual y lo único que me sigue molestando son las referencias a la creación del mundo y de los seres humanos por Jehová, por quien profeso una profunda antipatía.Los enemigos del medio ambiente, si creen en Dios, deben arrepentirse y cesar en sus actividades ilícitas; de acuerdo con la Encíclica, estos destructores no pueden ni deben recibir la absolución de sus pecados a menos que den por terminadas tan dañinas actividades, Yo agregaría, dejando de lado por un momento mi razonado agnosticismo, que Dios no los puede perdonar y que irán a parar a los profundos infiernos.Mi querida amiga no va a estar satisfecha pero, no sólo leí la Encíclica, sino que la encontré llena de sabiduría en relación con los problemas ambientales, debería ser guía de gobernantes y gobernados.

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