Votantes en blanco

Julio 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El Valle está al borde de la catástrofe. Y no lo digo sólo porque Adriana Carabalí, la gobernadora entonces encargada, se haya acogido a la ley 550 para evitar que las demandas estrangulen sus finanzas hasta el punto de impedirle cumplir con sus obligaciones presupuestales.Lo digo sobre todo por el gran volumen obtenido por el voto en blanco que demuestra hasta qué punto los ciudadanos cuya capacidad de decidir libremente no está enajenada por la necesidad extrema y el clientelismo han optado por ejercer la forma más inane de la política. La de la protesta genérica y difusa contra la política o contra los políticos, así en general, sin nombres, apellidos y acusaciones concretas, que se alimenta de la ilusoria esperanza de que con sólo sentirse repudiada la política cambie o se regenere por sí sola. Es la clase de protesta que confía ciegamente en que los políticos que encarnan la forma de hacer política que rechaza hasta el enardecimiento se quiten ellos solitos del medio para permitir que unos virtuosos de los que todavía nadie sabe nada expulsen a los mercaderes del templo de la política. Y la libren por fin de sus miserias y de paso nos libren de las nuestras. Sé que entre los votantes en blanco hay admiradores rendidos del Elogio de la dificultad de Estanislao Zuleta, que sin embargo no parecen advertir que la concepción mágica de la política que alienta su voto en blanco es el doble o el alter ego de la que criticó con tanta agudeza Zuleta y que cifra su ideal en una vida regalada, vivida milagrosamente sin realizar ningún esfuerzo.Cierto, esta clase de protesta no parece tener consecuencias graves, porque al fin y al cabo los políticos por ella afeados siguen ganando elecciones y conservando el poder. Pero para mí sí que las tiene porque los votantes en blanco son la más reciente e inquietante expresión del desinterés por los asuntos públicos, por la rex pública, que tanto ha contribuido a que el Valle -y Cali en particular- padezca la crisis de dirección política que actualmente padece y de la que la crisis presupuestaria es tanto un síntoma como una consecuencia. Porque esta crisis arraiga en que nuestros gobiernos han renunciado a transformar al Estado en un potente motor del desarrollo económico, que entre otras cosas es el que enriquece las arcas públicas. Han dejado que de esa tarea crucial se encargue en exclusiva la empresa privada con los lamentables resultados que todos estamos padeciendo.

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