Un Papa franciscano

Abril 12, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

La elección de un cardenal argentino como nuevo Papa es ciertamente un acontecimiento histórico en muchos sentidos. En primer lugar, y tal y como ha sido subrayado por los más diversos comentaristas, porque supone el principio del fin de la hegemonía europea en una iglesia que optó por reunir, en el lema que todavía la distingue del resto de las iglesias de la cristiandad, los términos en principio excluyentes de ‘católica’ y de ‘romana’. De iglesia universal y al mismo tiempo específicamente romana.Yo no dudo que seguirá siendo romana y no solo porque el título primero del Papa -reivindicado con entusiasmo por el nuevo Papa en su primera aparición pública ante los fieles congregados en la espléndida plaza de San Pedro- sea la de obispo de Roma, sino porque es allí donde está emplazado el Vaticano y su potente maquinaria estatal y porque la llamada ‘Ciudad eterna’ es la capital de Italia, o sea, del país que tiene la mayor representación en el cuerpo cardenalicio. Una representación que hoy resulta evidentemente desproporcionada dada la magnitud y el peso menguante del catolicismo italiano. Y europeo. Pero esa romanidad queda tocada con la elección del nuevo Papa allí donde el catolicismo es singularmente fuerte, que es en el plano simbólico. Ya lo había sido con la elección encadenada del polaco Karol Wojtyla y del alemán Joseph Ratzinger como papas, pero esta vez los cardenales han ido literalmente mucho más lejos eligiendo a un argentino como Papa. La Iglesia será ahora más católica e inevitablemente menos romana.La elección tiene, aparte del mérito indudable de hacer justicia a una América Latina que reúne a la mayor parte de los católicos del mundo, el de haber puesto a la cabeza de la Iglesia a quien ha decidido, además, hacer frente a los graves desafíos que ella tiene por delante en este continente y en el mundo reivindicando explícitamente la figura de Francisco de Asís. El santo que se distingue claramente en el santoral por su opción por la pobreza y por su amor por los animales. Opciones que atraen sin duda la atención de los pobres del Continente con el mayor índice de desigualdad social del planeta. E igualmente la de todos los latinoamericanos preocupados por la enormidad de la catástrofe ecológica que se nos echa encima. Y que creemos que nuestra vida, la de los animales y la del resto de los seres vivos están indisolublemente ligadas. Que si ellos mueren, nosotros morimos con ellos.

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