¿Última advertencia?

Mayo 13, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Si no fuera por la magnitud de las tragedias humanas causadas recientemente en el mundo por las catástrofes naturales, la verdad es que habría motivos para alegrarnos por ellas. El tsunami en Japón y rotura de 4 de sus centrales nucleares, así como los temporales y las devastadoras inundaciones en Estados Unidos y en Colombia -los casos más recientes y mortíferos- han sido la más contundente advertencia de que vamos por muy mal camino. Porque, o cambiamos radicalmente la forma con la que hoy nos relacionamos con la naturaleza, o su furia nos llevará a todos por delante. Estoy hablando, obviamente, del cambio climático que ya no es un simple pronóstico de científicos previsores, sino una realidad que se manifiesta cada día, no sólo en las lluvias torrenciales que han asolado al país en los últimos meses, sino en la pérdida de los nevados -que son auténticas fábricas naturales de agua- y en el acelerado deshielo de los casquetes polares, que está haciendo subir el nivel promedio de las aguas de los océanos y modificando significativamente el régimen de lluvias en todo el planeta. Pero también hablo del uso de la energía nuclear, que sólo es rentable para las empresas que la gestionan si el resto de la sociedad asume los exorbitantes costos de almacenar sus residuos y de pagar la multimillonaria factura causada por ‘accidentes’ como el reciente de Japón y los anteriores de Chernóbil y de Harrisburg. Aunque el problema más grave con la energía nuclear no son sus costos astronómicos, ni la bomba de tiempo que son sus centrales, sino la actitud agresiva, hostil y en definitiva demoledora hacia la naturaleza que ella encarna. Si la física como ciencia ha agotado el campo de sus posibilidades innovadoras -como ha insinuado el astrofísico Stephen Hawkins- quizás ha llegado la hora de que revisemos la oportunidad, la pertinencia y hasta el sentido del desaforado y complejo entramado de instituciones y empresas tanto científico-técnicas como económicas y militares que hemos levantado en torno de la física nuclear.En vez de reiterar la apuesta por esta ciencia de la desintegración y el aniquilamiento, tal vez lo mejor que podríamos hacer es abandonarla y concentrar nuestra inteligencia y energías en la ciencia por excelencia de vida que es la biología.Los vallecaucanos tenemos la ventaja de poder emprender de inmediato este nuevo rumbo sin tener que librarnos previamente del pesadísimo lastre físico-nuclear.

VER COMENTARIOS
Columnistas