Regiones

Diciembre 18, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Han vuelto las navidades, que para mí no son de Santa Claus sino del Niño Dios, y aunque no tengo ya la edad de pedirle regalos hago una excepción y le pido que no me traiga nada sino que se lleve lo que hoy más nos hace padecer: El Niño. Ese fenómeno climático, con una edad de siglos o milenios, que en los últimos años se ha desbocado hasta el punto de amargarnos las fiestas. Cierto, el Niño Dios no puede concederme esa gracia aunque quisiera y me toca a mí o, mejor, a todos nosotros ocuparnos no tanto de El Niño meteorológico sino del cambio climático que tanto ha hecho para desquiciarlo y agravarlo. Y digo “nosotros” porque COP21, la cumbre del clima de París, ha sido la montaña que ha parido un ratón: el Pacto Climático. Un pacto que tiene el valor de reconocer, en contra de la opinión de los voceros de la industria de los combustibles fósiles, que el cambio climático sí existe y que en consecuencia es indispensable que todos los países hagan todo lo que sea posible para que en el año 2050 no se sobrepase la línea roja de un aumento de 2° de la temperatura promedio del planeta. A partir de ese límite, afirman los expertos, el cambio climático se vuelve irreversible y con él la posibilidad cierta de una nueva extinción masiva de la vida en la Tierra. La desgracia, es que el acuerdo no es más que un pacto de caballeros, que no tiene la fuerza vinculante de un tratado internacional, como si la tienen los tratados de libre comercio. O sea que el gravísimo problema del cambio climático ha quedado librado a la buena voluntad de los gobiernos y a la iniciativa de la empresa privada, que obviamente sólo actuará si le produce beneficios contantes y sonantes. Bueno, también quedamos nosotros, los ciudadanos de a pie, que podemos ponernos manos a la obra si es que logramos aclarar qué es lo que tendríamos hacer distinto, a compartir la ducha o sacar el carro un día sí y otro no. En este punto me parece interesante la propuesta que bajo el título de Biorregionalismo ha formulado el teólogo brasileño Leonardo Boff. La idea es muy simple. Partiendo del principio de pensar globalmente y actuar localmente, Boff propone que la cuestión de las varias causas y de los posibles remedios al calentamiento global se aborde y se resuelva dentro de lo que cabe cuidando de la naturaleza en las regiones. Que en nuestro caso son tres: el valle del río Cauca, el Andén Pacífico y los páramos.

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