Mockus

Junio 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Mockus representa un antes y un después en la política colombiana. Y no lo digo por su programa económico neoliberal que, antes y después de su paso por la Alcaldía de Bogotá, ha sido el mismo del resto de nuestra clase política, sea municipal o nacional. Lo digo porque demostró que un alcalde antes que un gerente es un líder político que, si se lo propone, puede ganar tal apoyo ciudadano que puede gobernar saltándose a las empresas electorales atrincheradas en el Concejo y eludiendo el laberinto burocrático donde se extravían las mejores iniciativas. De allí la popularidad con la que Mockus refrendó su carisma. Ese atributo de raigambre teológica que, para Max Weber, fundamenta los liderazgos que desbordan los encorsetamientos propios de una sociedad estrictamente administrada.Y si cito el ejemplo de Mockus es para criticar con él a los candidatos a la Alcaldía de Cali actualmente más valorados que, por lo que sé, defienden programas que no van más allá de la retórica a favor del progreso y las loas a la empresa privada y cuyo contenido efectivo se limita a la recaudación de impuestos para pagar deudas y para financiar soluciones más que cuestionables a nuestros graves problemas de movilidad. Ninguno de ellos parece tener siquiera en mente la intención de transformarse en un líder político capaz de entusiasmar y movilizar a la ciudadanía en procura de metas más ambiciosas que las de una buena y honesta administración, que debería darse por descontada. Porque son ese entusiasmo y esa movilización lo que Cali demanda para salir del marasmo y convertirse en la cabeza política de los cuatro departamentos del Andén Pacífico, dispuesta a emprender proyectos que, como la Iniciativa ASA, la reconversión del monocultivo cañero o las autopistas y/o vías férreas a Cartagena de Indias y a Florencia, le permitirían recuperar el rango que está perdiendo. Y que seguirá perdiendo mientras nuestros alcaldes piensen la ciudad como un organismo autosuficiente y ensimismado, que puede resolver por sí solo problemas que hoy son sobre todo los problemas típicos del decrecimiento y no del crecimiento, de la senectud y no de adolescencia. Lo que necesitamos es cambiar el chip y asumir el excitante desafío a la inteligencia y la voluntad colectivas que supone plantearse problemas realmente nuevos. Si alguno de los candidatos se pusiera a pensar en grande contaría desde luego con mi apoyo y con mi voto.

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