Maldita selva

Maldita selva

Junio 15, 2017 - 11:40 p.m. Por: Carlos Jiménez

Hay maldiciones que valen más que cualquier cándido elogio. La que el director de cine Werner Herzog le ha arrojado a la selva es una de ellas. Es la más maldita de las maldiciones que haya escuchado jamás y su conocimiento se lo debo a Óscar Campo, el cineasta que con más ahínco cultiva entre nosotros la herencia de ‘malditismo’ legada al cine y la literatura por el malogrado Andrés Caicedo. Por eso no me sorprendió que subiera a su muro de Facebook el fragmento de la entrevista a Werzog que contiene dicha maldición. Me lo imagino regodeándose en ella y tal vez pensando que condensa todo el pesimismo y el desprecio por la bondad y el buen gusto que inspiran su cine.

Esta es: “Kinsky dice que está llena de elementos eróticos. Yo no la veo tan erótica sino más bien llena de obscenidad. La naturaleza es aquí vil e infame. No puede haber nada erótico. Sólo veo fornicación y asfixia y lucha por la supervivencia, crecer y finalmente podrirse. Por supuesto que hay mucha miseria pero es la misma miseria que nos rodea. Los árboles son miserables, los pájaros son miserables. Yo no creo que canten: se quejan de dolor. Viéndolo más de cerca existe en lo que nos rodea un tipo de armonía. Es la armonía del asesinato colectivo arrollador. Y nosotros en comparación a la vileza articulada, a la vileza, a la infamia y a la obscenidad de toda esta selva sólo nos parecemos y sonamos como frases mal pronunciadas y a medio acabar de una estúpida novela barata. Tenemos que volvernos humildes frente a esta sobrecogedora miseria, sobrecogedora fornicación, sobrecogedor crecimiento, sobrecogedora falta de orden. Hasta las estrellas de este cielo parecen un caos. No hay armonía en el universo. Tenemos que hacernos a la idea de que no hay real armonía como la hemos concebido. Pero cuando digo esto, lo digo lleno de admiración por la selva. No quiere decir que la odie. La amo, la amo mucho, pero la amo en contra de mi sano juicio”.

Cabe recordar que Herzog es el director de dos célebres películas selváticas: Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982), ambas ambientadas en la Amazonía. O de tres, si contamos Cobra verde (1988), ambientada en África. Suficientes pruebas de que la selva le atrae más que los tiernos y ordenados bosques de su infancia bávara. Y Klaus Kinski, el protagonista de Aguirre y Fitzcarraldo, escribió unas memorias ante cuyo desenfrenado erotismo palidecen las de Casanova.

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