Los empresarios

Octubre 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Hace poco El Espectador publicó una columna de Andrés Hoyos dedicada a los empresarios, tan envidiados como vilipendiados, según el propio autor, buen novelista y malpensante confeso. Lo novedoso de la misma fue que, siendo su autor él mismo un notable empresario, criticaba sin disimulo a los empresarios. Y lo hacía porque hasta los que se saben “los números al derecho y al revés” y “hablan con una seguridad impresionante” carecen de esos aciertos cuando hablan de “temas políticos y sociales”. Entonces, y aunque hablen con igual aplomo, incurrirán “fácilmente en desatinos mayúsculos: el Estado es un elefante blanco, los impuestos son una maldición de la que hay que defenderse como un gato patas arriba, las cortes están llenas de ignorantes, los pobres son pobres porque no trabajan y creen que todo se les debe”. A esa reacción estereotipada, Hoyos la califica, como cualquier obamista, de ‘síndrome Romney’. Y en prescribir como remedio una reforma educativa que impida en los futuros empresarios la emergencia o cristalización en sus cabezas de dicho síndrome antisocial. Remedio que a mí me resulta limitadísimo, porque creo que la única receta eficaz que se conoce en contra de tal síndrome se llama “empresa pública”. Porque sólo si estas empresas existen y actúan con eficacia, el empresario puede darse cuenta por propia experiencia que ella es la única capaz de impulsar el desarrollo de sectores estratégicos claves para la economía de un país, que el empresario privado no puede asumir porque se trata siempre de inversiones a largo plazo y a fondo perdido que, como tales, él no puede asumir, y que sin embargo terminarán beneficiándolo. Como de hecho se han beneficiado los empresarios privados norteamericanos de la energía nuclear, la industria aeroespacial o el Internet de las cuantiosas inversiones públicas realizadas en esos campos. Eso, sin contar con el hecho de que el desarrollo de dichos sectores estratégicos trae consigo un mejoramiento general de la economía que beneficia a todos los empresarios. El otro beneficio de la empresa pública es que impide los monopolios en los servicios públicos esenciales, que añaden a sus beneficios. Unas rentas que encarecen esos servicios hasta el punto de privar de los mismos a las mayorías populares. Con todas las conflictivas consecuencias que eso trae en términos políticos y sociales. El ejemplo clásico aquí son la salud y la educación, cuya privatización es una catástrofe.

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