La muerte del Dagua

Noviembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

No sé cuántas maneras hay de gobernar un país, pero en cambio sé que entre las peores está la forma como estamos siendo gobernados. La que consiste en tomar las decisiones estratégicas en función de los beneficios económicos a corto plazo sin pensar en las consecuencias a mediano o largo plazo de esas decisiones. Que a menudo resultan desastrosas. Como ya está resultando catastrófica la decisión del gobierno del ex presidente Uribe de cederle el río Dagua a una empresa dedicada a la extracción del oro que, desde entonces, ha venido practicando esa minería a cielo abierto que, aparte de desplazar la minería tradicional, ha causado una verdadera hecatombe medioambiental. Como pueden comprobarlo quienes visiten el río. O quienes lean la carta a un amigo escrita por un antiguo obrero ferroviario, que a mí me ha llegado al alma. Ante el espectáculo “demasiado triste” para él de esas destrucciones, escribe: “Soy alguien que conoció el río Dagua desde el nacimiento, las quebradas que lo conforman y que hacen que desde el pueblo de Dagua se lo pueda llamar río. Más abajo recoge al río Bitaco, haciéndose más caudaloso. En Zaragoza tenía un caudal de agua muy importante y era un lugar muy codiciado, por los que nos gustaba pasar las noches y los días esperando que picara alguno de esos barbudazos lindos escondidos en las cuevas hondas que allí había. Qué pescas, qué recuerdos, qué tiempos aquellos del río Dagua, cuando las gentes de sus alrededores comían pescado fresco sacado de sus aguas. Las ‘camaroneadas’ en las noches eran de embrujo. Qué abundancia de mariscos había. “Eso fue lo que conocí en esos parajes naturales del Dagua, y no hace tanto tiempo como para que no pueda compararlo con el desastre que hoy presentan esos lugares. Conocí a tanta gente amiga, generosa y hospitalaria, con la que tuve el honor de compartir viche, cerveza, aguardiente, juego de dominó y tantos ratos buenos. ¡Qué tiempos aquellos!, como dice el tango, porque con el desastre que han causado en el gran río Dagua, todo esto ha desaparecido y ya no quedan ganas de volver. Ya no encontraré ni a mis amigos, ni al embrujador paisaje, ni a los charcos donde nadábamos sin pensar en el tiempo. Vaya a saber lo peligroso que será ahora, que está plagado de toda clase de malandrines buscadores de fortuna a cualquier precio. Un abrazote cordial y lloremos, pero de rabia. Chucho”.

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