La escena de la catástrofe

Mayo 27, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

O la escenificación de nuestra renuncia. Cualquiera de estos dos títulos le sirven a una columna que quiere denunciar todo lo que estamos perdiendo ahora en las selvas del Chocó, y que es mucho más que el dinero de las regalías. En realidad estamos perdiendo sin que nos demos cuenta la posibilidad de convertirnos por fin en una sociedad del conocimiento y la información, cuyos motores económicos y culturales sean las universidades y los centros de investigación de primer orden. Eso para no hablar de nuestra renuncia a situarnos en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático -que tantos destrozos y tantas tragedias ya ha causado entre nosotros- adoptando una estrategia de gran aliento que conserve las selvas del Andén Pacífico y las convierta en fecundo laboratorio viviente, y en objeto de aprovechamiento por empresas biotecnológicas respetuosas del medio ambiente. Esa escena que me espanta y me conmueve la ha descrito Alfredo Molano en una columna periodística reciente. En ella nos cuenta que una filial de la empresa maderera REM ha instalado un campamento en la playa de Huaca, en el Chocó, en el que un equipo de ingenieros canadienses y técnicos colombianos dirige a un grupo de trabajadores en la innoble tarea de talar la selva para beneficio de una empresa que ni siquiera es nuestra sino canadiense. O sea de un país donde los bosques -y en general el entorno natural- gozan de un nivel de protección por parte de la Ley y de las autoridades verdaderamente desconocido entre nosotros. “Las primeras trozas de prueba -cuenta Molano- eran tan grandes y pesadas, que los aparatos (los helicópteros) no pudieron levantarlas. Ahora, ya en forma, la empresa se dispone a cortar su primer millón de metros cúbicos”, de los cinco millones de metros cúbicos de madera que le autorizó el gobierno de Uribe extraer del Chocó -añado. Estas cifras son vertiginosas y pueden causar la indiferencia ante el expolio que cuantifican, que, sin embargo, impide el estremecimiento causado por la imagen del derribo inmisericorde de esos hermosos colosos vegetales a los que la naturaleza encomendó el papel de guardianes de una de las biodiversidades más extraordinarias del planeta. Esa que quedará reducida a simple arena cuando, después de la tala, tres o cuatro inviernos como los que con cada vez más frecuencia nos azotan arrastren la frágil capa de tierra vegetal que ahora esos árboles protegen. ¡Qué horror!

VER COMENTARIOS
Columnistas