La coca

Mayo 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Yo soy partidario de los diálogos de La Habana porque como tengo más de realista aristotélico que de moralista platónico pienso que, si después de medio siglo de enfrentamientos armados ninguna de las dos partes ha podido vencer definitivamente a la otra, lo mejor que ambas pueden hacer es sentarse a negociar un arreglo que nos ayude a recuperar la paz. Arreglo que muy probablemente no satisfará plenamente a nadie pero que todos deberíamos que aceptar, si es que, insisto, queremos la paz. Al fin y al cabo la política es el arte de lo posible y no el de las tomas de partido altisonantes y estériles. Pero aún así no puedo menos que discrepar con el compromiso de las Farc de romper cualquier nexo con el narcotráfico y no porque ese compromiso carezca de importancia sino porque no va al fondo del problema, que no es el narcotráfico en sí sino lo que lo hace posible: la prohibición del consumo de la cocaína, la marihuana y el resto de sustancias psicotrópicas. Por esta razón me resulta una desgraciada coincidencia que, mientras el presidente Mujica del Uruguay tiene la audacia y la valentía de promover y conseguir la legalización del consumo de marihuana en su país, nosotros nos dediquemos a celebrar Urbi y Orbi que las Farc rompa con un narcotráfico que seguramente sobrevivirá a dicha ruptura. Cierto, las Farc ha declarado que la solución definitiva de este problema escapa de su control porque -señalan con toda razón- el mismo tiene una dimensión internacional. Pero precisamente porque es así, porque la dichosa y catastrófica interdicción no depende de Colombia sino de la facción de puritanos integristas que llevan décadas imponiéndola al mundo con toda la autoridad del gobierno de Washington, por lo que las Farc debería haber jugado sus cartas en el terreno de la legalización y no en el de la simple desvinculación de un negocio altamente rentable. Porque lo que también está claro, luego de cuatro décadas largas de la sedicente guerra contra las drogas, es que no lleva a ninguna parte distinta al fortalecimiento del narcotráfico. Y al aumento de la criminalidad, la violencia y la corrupción policial y política asociadas al mismo. Las Farc se han equivocado pero también lo ha hecho Santos, que deja pasar la oportunidad de los diálogos de La Habana para hacer frente común con Mujica y decirle muy clarito a Washington que ya está bien de tanto prohibicionismo contraproducente.

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