La casa uruguaya

Enero 15, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El año pasado lo cerraron dos acontecimientos importantes relacionados con el clima, el uno natural y devastador: el Niño, y el otro político y publicitario: el Decathlon 2015. Y digo que este último fue político y publicitario no porque niegue que fue un concurso internacional de arquitectura cuyo objetivo declarado era la búsqueda de prototipos de vivienda social de óptimo rendimiento energético, sino porque a los resultados de este concurso se le dio un tratamiento tanto expositivo como mediático que delató la intención política de privilegiar un tipo de respuesta colectiva a los desafíos que trae consigo el cambio climático. Respuesta que desgraciadamente no es del todo satisfactoria como se ha encargado de subrayarlo Benjamín Barney, quien en su columna de este mismo diario, se lamenta de que en la casa uruguaya premiada la energía generada por sus paneles solares se utilice para refrigerar el aire en un medio ambiente como el nuestro donde “la climatización puede ser toda pasiva”. Como lo ha sido históricamente –agrega- gracias a una sólida tradición arquitectónica respetuosa de nuestro clima, topografía y paisaje, acallada o dejada de lado por las “creaciones ex novo”, propias de la modernidad. A esta crítica añado otra que tiene que ver directamente con el urbanismo implícito tanto en las bases de un concurso promovido internacionalmente por el Departamento de Energía de los Estados Unidos como en las soluciones premiadas en el mismo. El urbanismo que privilegia las viviendas unifamiliares aisladas, como lo es la casa uruguaya, el urbanismo de la spread city, de “la ciudad desparramada” típicamente norteamericana, que tiene efectos catastróficos en el medio ambiente y en la sociedad. Empezando porque invade las tierras fértiles aledañas a los núcleos urbanos, reemplazando los cultivos y la vegetación por enormes superficies pavimentadas que multiplican el impacto negativo en el clima global causado por el uso masivo de los carros privados exigido por la dispersión urbanística. Siguiendo porque estas últimas encarecen irracionalmente los servicios públicos de energía, agua potable, alcantarillado y transporte público. Y terminado porque al alargar desmesuradamente las distancias entre la vivienda y el sitio de trabajo extienden de manera agotadora la jornada laboral, a la que cabe sumar el tiempo desperdiciado en los interminables embotellamientos.

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