Jorge Vallejo

Jorge Vallejo

Diciembre 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

La muerte de Jorge Vallejo me ha traído a la cabeza la imagen quijotesca de un hombre muy enjuto montado a caballo. Y no sólo por sus coincidencias con la del Quijote imaginado por Gustave Doré sino por lo anacrónico y desusado del gesto de comprarse un caballo para ir y venir entre su casa de campo y la Universidad del Valle donde él dictaba clases. El resto de los profesores residentes en las casas de campo desperdigadas por el valle de Lili había hecho la elección mucho más racional de comprar un automóvil para realizar rápidamente ese mismo desplazamiento. Pero Vallejo era todo menos un hombre estrictamente racional. O por lo menos, no el sentido que la racionalidad adquiere entre los economistas, tan concentrados en determinar la naturaleza de las decisiones racionales adoptadas por empresarios, inversores y consumidores que el resto les resulta accesorio. Y eso que él, por su formación académica y por su dedicación a la docencia universitaria de la economía, podía ser uno más de la cofradía que hoy se ha apoderado del pensamiento común hasta un punto asfixiante. Como asfixiaba al propio Vallejo, que nunca se sintió cómodo en el papel de economista y que se pasó la vida intentado librarse de lo que sentía más como una camisa de fuerza que como una disciplina liberadora. En la primera etapa se fugó convirtiéndose en un líder estudiantil afiliado a alguna de las sectas socialistas que proliferaron en las universidades colombianas en los años 70 del siglo pasado. Y haciéndose simultáneamente un adepto de Marx, que si por algo merece todavía ser recordado es por su crítica demoledora de la economía política. Todo eso sucedió en Bogotá. Porque cuando vino a Cali se hizo profesor, se apartó de la militancia y la ortodoxia y se acercó a Estanislao Zuleta, un pensador tan intempestivo que, como dijo Jesús Martín Barbero, pensaba mientras hablaba y dialogaba. Como Sócrates o como su discípulo Platón lo hacía en el jardín del señor Akademos. Al contrario de los filósofos modernos y posmodernos que piensan escribiendo. O del propio Vallejo, que rindió homenaje a Zuleta escribiendo su biografía con la pasión del amigo y del adepto antes que con la frialdad distanciada del historiador. Pero Vallejo no se marchó de la vida sin antes dejarnos otro fruto de su conflictiva relación con la economía: su ensayo biográfico sobre 4 grandes economistas colombianos. Y yo concluyo esta columna lamentando que hayamos perdido a un Quijote.

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