Guerreros

Octubre 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El episodio de los Kfir sobrevolando Cartagena precisamente cuando ‘Timochenko’ iniciaba su discurso en la ceremonia de firma del Acuerdo de Paz, me trajo a la memoria el episodio en el que la guerra moderna dio por definitivamente abolido el honor militar. Y no me refiero al respeto que deben los militares a sus superiores y ni siquiera al que deben igualmente a las mujeres y a los niños sino al respeto que deben a quienes han sido sus enemigos mortales en el campo de batalla. En la guerra todo vale pero, por lo menos desde el Tratado de Utrecht que puso fin a la devastadora y despiadada Guerra de los treinta años, los ejércitos europeos incorporaron a su código de honor el respeto hacia quienes habían vencido aún a costa de mucha sangre, sudor y lágrimas. Esta actitud honorable se traducía no sólo en el respeto a la vida y a la honra de los prisioneros de guerra sino también en el reconocimiento del coraje con el que el ejército enemigo se les había enfrentado, simbolizado en trato deferente que se daba a su comandante en jefe. Y era eso lo que esperaba el general Hans - Jürg von Arnim, aquel día de mayo de 1943 cuando rindió el ejército alemán que hasta ese momento y bajo su mando había combatido fieramente a los ejércitos angloamericanos en Túnez. Él era un aristócrata prusiano, había combatido en la I Guerra Mundial y en lo corrido de la II lo había hecho en las campañas de Polonia, de Francia y de la Unión Soviética, y fiel a la tradición militar en la que se había formado pidió entrevistarse con su par, el general Dwight Eisenhower, para celebrar con él la ceremonia de la rendición. Arnim seguramente conocía los términos honrosos en los que el general Grant aceptó la rendición de su par el general Lee, que puso fin a la Guerra Civil Americana. Eisenhower rechazó sin embargo su pedido: no quería ni verle. Ordenó que le quitaran el bastón de mando y le interrogaran y dejó el trámite en manos del general Alexander, comandante en jefe del ejército británico. Él fue más respetuoso pero no tanto como debería haberlo sido, tal y como lo terminaría reconociendo en este pasaje de su diario: “Durante nuestra breve conversación sentí que estaba esperando que le dijera que él y sus hombres habían librado un espléndido combate, pero me temo que le decepcioné. Y mirando hacia atrás creo que habría sido más caballeroso de mi parte haber sido un poco más generoso con él”.

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