Guerra y botánica

Guerra y botánica

Febrero 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El artista canadiense Ron Benner es conocido gracias a sus denuncias de cómo las multinacionales se han ido apoderando de la riqueza vegetal del mundo. Entre sus obras figura Todo lo que tiene valor, un mural que reúne y expone los nombres de más de 400 plantas originarias de América, entre ellas el aguacate, la arracacha, el achiote, el agave, el ají, la batata, el cacao, el canelo, el caucho, el fríjol pinto, el fríjol negro, el fríjol blanco, el henequén, el guanábano, la guaba, la jojoba, el jitomate, la mandioca, el mate, el maíz, la papa, la palmera real, la piña, el plátano, la salvia, la siguaraya, el totumo, el tomate, el uchuvo, la yuca, el zapallo y el zapote.En este listado tan poético como prodigioso Benner intercala el nombre de la Junta de la Guerra Económica de Washington y los nombres de los botánicos de J.C.TH. Uphof y J. Cramer, autores de la Lista de Plantas Económicas de América publicada en 1941 por dicha Junta. Y ha intercalado esos nombres para llamar la atención sobre el hecho de que desde esa fecha remota el Gobierno de Washington ha asumido que el conocimiento y el control de los recursos vegetales del continente americano tienen para él una importancia verdaderamente estratégica.Y digo conocimiento, porque el listado ha tenido entre sus múltiples funciones la de orientar el trabajo que los botánicos norteamericanos han dedicado desde entonces a investigar tanto las propiedades de nuestra flora como a expandir el inventario de la misma. Es el caso del ilustre fundador de la etnobotánica Richard Evans Schulte, quien viajó por primera vez a la Amazonía colombiana en 1941 gracias a un proyecto de investigación patrocinado por la Universidad de Harvard y financiado por la Junta de Guerra Económica ya mencionada.El objetivo era el estudio de las variedades del caucho resistentes a las plagas que entonces resultaban vitales para el esfuerzo bélico norteamericano. Pero él no se limitó a ese campo sino que -retomando sus proyectos previos sobre el peyote y el teononácalt- estudió las propiedades del yagé, la coca y el yoco. Y antes de morir en 2001 recolectó más de 24.000 especímenes para el herbolario de su universidad. Colombia recompensó sus investigaciones con la Cruz de Boyacá, pero lo que no ha hecho hasta ahora es conceder al conocimiento y renovado aprovechamiento de nuestra flora la importancia estratégica y los medios financieros que Washington le ha reconocido a la misma.

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