Éver Astudillo

Junio 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

La muerte de Éver Astudillo me ha traído a la memoria la época de Cali en la que el arte floreció con intensidad primaveral gracias a los festivales de arte dirigidos por Fanny Mickey, los festivales de vanguardia promovidos por el nadaísmo, la bienal americana de obra gráfica realizada en el Museo la Tertulia y patrocinada por Cartón de Colombia, las temporadas del TEC de Enrique Buenaventura en el entonces Teatro Municipal, el grupo de pintores de El Taller, Ciudad Solar… en fin. De pronto esa Cali que Porfirio Barba Jacob había calificado de “garaje con obispo” descubría su vocación artística y la sentía tan potente que la creía capaz de desafiar el monopolio ejercido hasta entonces por Bogotá, la insigne letrada.De allí que me haya sorprendido -como todavía me sorprende - que en ese contexto emergieran tres artistas que contrariaban con sus respectivas obras tanto entusiasmo y tanto alegre colorido. Me refiero a Óscar Muñoz, a Fernell Franco y a Éver Astudillo, artistas decididamente figurativos que en un gesto tan audaz como inesperado enlutaron las imágenes y adoptaron un tono elegíaco para cantar lo que entonces nadie parecía dispuesto a cantar. Los interiores sombríos de las casonas coloniales convertidas en inquilinatos, en el caso de Muñoz. La sordidez inapelable de los prostíbulos de puerto, en el caso de Franco. Las calles y sobre todo las salas de cine de los barrios populares, en el caso de Astudillo. Eran también los años en los que de mano de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina se estaba forjando la leyenda del Caliwood, cuyos protagonistas actuales son tan premiados y cuyo caldo de cultivo, los cine clubs, tenía su contrapartida en teatros populares como el San Nicolás, el Belalcázar o el María Luisa, a los que Astudillo dedicó buena parte de su paradójica pintura en blanco y negro. Pero mientras en los cineclubes el cine era de autor y objeto de análisis y debates iluminados por la erudición, en los teatros populares el cine era mexicano y la audiencia en vez de guardar un respetuoso silencio era una comentarista ruidosa que se atrevía a comentar en voz alta lo que sucedía en la pantalla o a silbar al malo de la película por ser tan malo. Eso sin mencionar los intercambios sexuales prohijados por una oscuridad cómplice. Estos teatros han desaparecido junto con el cine mexicano pero gracias a Astudillo conservamos una huella indeleble de los mismos.

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