Elegía del campesinado

Elegía del campesinado

Marzo 15, 2013 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El paro cafetero ha concluido y en términos aparentemente satisfactorios para ambas partes. Yo no comparto sin embargo esa satisfacción porque estoy convencido que el acuerdo logrado no ha hecho sino aplazar por poco muy tiempo el grave redoble de campanas que acompañará el réquiem triste, melancólico y final por el campesinado colombiano, que al cabo de un siglo largo de soportar embestidas mortales promovidas o cohonestadas por los mañosos políticos bogotanos, está ahora al borde de su definitiva extinción. ¿O es que todavía hay alguien que crea que la ‘locomotora minera’ va en dirección contraria a la ruinosa liquidación del Pacto Internacional del Café a la que tanto contribuyó el representante colombiano ante dicho Pacto en Londres, que no era otro que Juan Manuel Santos, el promotor infatigable de la dichosa ‘locomotora’? Tan bien pagado con dinero ajeno, tan ufano de su inglés de colegio británico en colonias. Pero como creo desgraciadamente que ya nada puede evitar la muerte del campesinado colombiano lo que de verdad ahora me preocupa es cuál de nuestros actuales escritores escribirá su elegía. Desde luego hay antecedentes en los que podría inspirarse como en ‘Siervo sin tierra’ o en ‘Manuel Pacho’ de Eduardo Caballero Calderón. O en ‘Cóndores no se entierran todos los días’, de nuestro admirado Gustavo Álvarez Gardeazábal. E inclusive en ‘La Vorágine’ de José Eustaquio Rivera que, aunque situada en la selva, tiene el tono áspero y la inapelable intensidad exigida por la elegía que pretenda estremecer a las futuras generaciones con la tragedia insondable del campesinado en la hora fatal de su extinción. Virtudes que le faltan sin remedio a William Ospina, demasiado lírico, demasiado melifluo, demasiado complaciente con su innegable facilidad de escritor. Fernando Vallejo y Antonio Caballero son en cambio dos candidatos muy verosímiles. El problema es que Vallejo ya escribió la conmovedora elegía del Medellín de su adolescencia que se llevó de calle el vértigo del narcotráfico. Y Caballero, la precoz elegía de la generación hija de ‘Marx y Coca Cola’, como sentenció Jean-Luc Godard en su día y en el París que tanto amó Caballero. En realidad resta solo un candidato: Alfredo Molano, cuyos libros estremecedores sobre la violencia y la colonización salvaje permiten esperar que sea él quien despida como se merece al campesinado a quien debemos la patria que hoy, en contra suya, malvendemos.

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